PARTE 3
Mariana llegó desde Querétaro.
Ninguna estaba preparada para lo que encontró.
Su madre viviendo en el mismo departamento que su padre.
La amante del padre ocupando el antiguo cuarto de ellas.
Y un compañero de trabajo de su madre instalado temporalmente en el cuarto pequeño.
Durante la cena, Mariana observó a todos durante varios minutos.
Finalmente dejó el tenedor.
—¿Alguien me puede explicar qué demonios está pasando?
Miguel carraspeó.
—Son problemas de adultos.
Daniela soltó una carcajada incrédula.
—Papá, tengo treinta años.
Teresa bebió un poco de agua.
—Tu padre decidió traer a su pareja a vivir aquí mientras seguimos casados.
Mariana miró a Verónica.
Luego miró a Javier.
—¿Y él?
—Javier necesitaba dónde quedarse.
Miguel intervino:
—Tu mamá lo hizo para provocarme.
Teresa levantó una ceja.
—Qué curioso. Cuando tú trajiste a Verónica dijiste que debíamos ser modernos.
Daniela miró a su padre.
—¿De verdad dijiste eso?
Miguel no respondió.
La cena terminó en un silencio incómodo.
Más tarde Mariana encontró a Teresa lavando los platos.
—Mamá, ¿estás bien?
Teresa siguió limpiando una taza.
—No.
Aquella respuesta sorprendió a su hija.
Teresa siempre decía que estaba bien.
Incluso cuando no lo estaba.
—Entonces, ¿por qué pareces tan tranquila?
Teresa dejó la taza.
—Porque pasé veinticinco años tragándome cosas para que esta familia pareciera tranquila. Ya no tengo energía para fingir.
Mariana se acercó y la abrazó.
Teresa no lloró.
Pero cerró los ojos.
A veces, después de tantos años sosteniendo una casa, una mujer olvida lo cansada que está hasta que alguien la sostiene a ella.
Después de las fiestas ocurrió algo inesperado.
Verónica enfermó.
Comenzó con tos y fiebre.
Una noche empeoró y Miguel la llevó a urgencias.
Mientras esperaban resultados, ella le hizo la pregunta que llevaba semanas evitando.
—Miguel… tú dijiste que después del divorcio tendríamos nuestra casa.
Él bajó la mirada.
—Puede complicarse.
—¿Cómo que complicarse?
—Hay documentos.
—¿Qué documentos?
Miguel explicó lo de la herencia.
La posibilidad de que Teresa pudiera acreditar que el departamento se había pagado principalmente con dinero proveniente de sus padres.
Verónica tardó unos segundos en responder.
—¿Entonces podrías quedarte sin departamento?
—No sin nada. Hay otras cosas. El coche. Un terreno pequeño que compramos hace años…
—Pero tú me dijiste que esa casa era mitad tuya.
—Yo creía que sí.
Verónica retiró lentamente la mano que tenía sobre la de Miguel.
Una semana después salió del hospital.
Y durante el mes siguiente comenzó a comportarse diferente.
Más distante.
Respondía poco.
Ya no hablaba de muebles nuevos.
Ni de mudanzas.
Ni de viajes.
Hasta que un martes, aprovechando que Miguel estaba trabajando, pidió un taxi.
Luego otro.
Sacó toda su ropa.
Sus zapatos.
Sus cosméticos.
Y se fue.
A Miguel le dejó un mensaje de seis palabras:
“Necesito tiempo para pensar en mí.”
Él la llamó once veces.
No respondió.
Teresa llegó a casa esa tarde y vio el cuarto vacío.
Miguel estaba sentado en el sofá.
—Se fue —dijo.
Teresa dejó las llaves sobre la mesa.
—Ya vi.
—¿No vas a decir nada?
—¿Qué quieres que diga?
—Seguramente estás feliz.
Teresa lo observó durante unos segundos.
—No, Miguel. Ya entendí algo. Tu desgracia no me devuelve mis veinticinco años.
Aquello le dolió más que cualquier grito.
Pocos días después Javier también anunció que había encontrado un departamento pequeño cerca de la oficina.
—Gracias por dejarme quedarme —dijo mientras guardaba sus libros.
—No tienes nada que agradecer.
Antes de marcharse dejó un sobre con dinero sobre la mesa.
Teresa intentó devolvérselo.
—Es por los gastos —explicó él—. Y por las molestias.
—Tú no fuiste la molestia.
Javier entendió perfectamente lo que quería decir.
Cuando él también se fue, la casa quedó nuevamente en silencio.
Solo Teresa y Miguel.
Como durante tantos años.
Pero ahora parecían dos desconocidos.
Miguel comenzó a hacer cosas que nunca había hecho.
Cocinaba.
Lavaba sus propios platos.
Una tarde llegó con flores.
Crisantemos blancos.
Teresa los miró durante varios segundos.
—Gracias.
Miguel sonrió ligeramente.
—Pensé que te gustaban.
Ella no quiso decirle que jamás le habían gustado.
Después de veinticinco años, su esposo todavía no sabía cuáles eran sus flores favoritas.
Aquello resumía demasiado bien su matrimonio.
Al día siguiente Miguel preparó huevos con jitomate.
Otro día compró una tetera nueva porque la vieja tenía una grieta.
Después empezó a preguntarle si necesitaba algo cuando iba al supermercado.
Teresa sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Miguel había perdido a Verónica.
Temía perder el departamento.
Y ahora comenzaba a recordar que tenía esposa.
Una noche él acercó su silla.
—Podríamos arreglar esto de manera civilizada.
—Te escucho.
—El terreno para ti. El coche para mí. Y vendemos el departamento. Mitad y mitad.
Teresa sonrió.
—¿Mitad y mitad?
—Sería lo justo.
—Justo.
Miguel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Es curioso escucharte usar esa palabra.
—¿Cuál?
—Justo. No recuerdo que la usaras cuando metiste a tu amante en mi casa.
Miguel bajó la mirada.
—Cometí un error.
—No.
Él levantó los ojos.
—¿Cómo que no?
—Olvidar un aniversario es un error. Comprar leche equivocada es un error. Tú mantuviste una relación durante año y medio, mentiste todos los días y luego trajiste a esa mujer aquí porque estabas convencido de que yo jamás haría nada.
Miguel respiró profundamente.
—Lo siento.
Teresa sintió algo dentro de ella.
Durante meses había imaginado escuchar esas palabras.
Pensó que sentiría alivio.
No ocurrió.
—Tal vez sí lo sientes —respondió—. Pero sentirlo ahora no borra lo que hiciste entonces.
Antes de la siguiente audiencia, Teresa volvió al banco.
Consiguió movimientos adicionales.
Su abogada solicitó copias certificadas de algunos documentos.
Las fechas coincidían.
El dinero recibido por la venta del inmueble heredado había entrado a la cuenta de Teresa.
Poco después se realizaron las operaciones vinculadas con la adquisición del departamento.
En la audiencia, el abogado de Miguel insistió en que durante años su cliente había contribuido al mantenimiento y las mejoras.
