PARTE 2
Durante tres semanas, Teresa no volvió a discutir.
Eso tranquilizó a Miguel.
Verónica empezó a preparar café por las mañanas, acomodó sus cremas en el baño y hasta colocó dos vestidos dentro del clóset.
Miguel interpretó el silencio de Teresa como resignación.
Hasta que una tarde encontró un sobre oficial en el buzón.
Solicitud de divorcio.
Fecha de audiencia.
Su nombre aparecía como parte demandada.
—¿Cuándo hiciste esto?
Teresa continuó planchando una blusa.
—Hace dos semanas.
—¡¿Y no pensabas decirme?!
Ella levantó la mirada.
—Tú tampoco me avisaste durante año y medio que tenías otra relación.
Miguel apretó el sobre hasta arrugarlo.
Pero el verdadero golpe llegó cuatro días después.
Sonó el timbre.
Teresa abrió.
Del otro lado estaba Javier, compañero suyo del departamento de contabilidad, con una maleta y una caja llena de libros.
Javier era divorciado. El dueño del departamento que rentaba acababa de venderlo y él tenía unas semanas para encontrar dónde vivir.
Teresa había decidido ayudarlo.
Y, de paso, enseñar una pequeña lección.
—Pasa, Javier. El cuarto del fondo está disponible.
Miguel apareció en el pasillo.
—¿Quién es este?
Teresa tomó la caja de libros y sonrió.
—Un compañero.
—¿Y por qué trae maletas?
—Va a vivir aquí unas semanas.
Miguel abrió la boca.
—¡¿Estás loca?!
Teresa lo miró directamente.
—¿Por qué? Somos gente moderna, ¿no?
Miguel no pudo responder.
A partir de entonces, los desayunos parecían una reunión de desconocidos.
Teresa.
Miguel.
Verónica.
Javier.
Cuatro adultos alrededor de la misma mesa evitando mirarse.
No había ningún romance entre Teresa y Javier. Él dormía en otro cuarto, pagaba parte de los gastos y pasaba la mayor parte del día trabajando.
Pero Miguel estaba consumido por los celos.
Una noche escuchó a Javier decirle a Teresa:
—Si esto te trae problemas, puedo buscar otro lugar más rápido.
—Busca con calma —respondió ella—. Ya soporté demasiado tiempo cosas mucho peores que los chismes.
Miguel cerró la puerta del baño de un golpe.
Mientras tanto, Teresa seguía buscando documentos.
Hasta que encontró un viejo sobre que había pertenecido a sus padres.
Dentro estaba el contrato de venta de la casa familiar que heredó en Guanajuato después de la muerte de ambos.
La propiedad se había vendido poco antes de que Teresa y Miguel compraran el departamento donde ahora vivían.
La cantidad recibida coincidía casi por completo con el pago inicial y varios depósitos relacionados con la compra.
Teresa llevó todo a su abogada.
—Si podemos acreditar claramente el origen de estos recursos —le explicó—, tenemos elementos fuertes para solicitar que se reconozca que la mayor parte del inmueble fue adquirida con patrimonio proveniente de tu herencia.
Teresa sintió algo extraño.
No felicidad.
Seguridad.
Miguel llevaba semanas diciendo que cuando se divorciaran venderían el departamento, repartirían el dinero y él compraría otro lugar con Verónica.
Aquella noche Teresa escuchó desde el pasillo cómo Miguel le decía a su amante:
—No te preocupes. De aquí vamos a sacar suficiente para empezar nosotros.
Teresa entró a su habitación, abrió la carpeta donde guardaba los documentos y pasó los dedos por la firma de su padre.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, sonrió.
Miguel ya estaba haciendo planes con el dinero de una propiedad que quizá jamás había sido realmente suya… y en la siguiente audiencia iba a descubrirlo frente a todos.
PARTE 3
El día de la primera audiencia sobre los bienes, Miguel llegó vestido como si fuera a cerrar un trato importante.
Camisa azul recién planchada.
Zapatos lustrados.
Cabello perfectamente acomodado.
Su abogado parecía igual de confiado.
Durante días Miguel había repetido que el departamento se había comprado durante el matrimonio y, por lo tanto, “obviamente” tendrían que repartirlo.
Incluso había calculado cuánto dinero recibiría.
Teresa lo sabía porque una noche lo escuchó hablar por teléfono con Verónica.
—Con mi mitad podemos dar el enganche de algo más pequeño —decía—. Tal vez por Zapopan. Después vemos.
Su mitad.
Teresa había escuchado esas dos palabras sin sentir ganas de discutir.
Simplemente anotó la fecha de la audiencia en su agenda.
Cuando llegó el momento de hablar del departamento, el abogado de Miguel aseguró que se trataba de patrimonio matrimonial y pidió que se considerara dentro de la división.
La abogada de Teresa abrió una carpeta.
Primero presentó el documento de sucesión de los padres de Teresa.
Después, el contrato mediante el cual ella había vendido la casa heredada.
Luego aparecieron estados de cuenta antiguos solicitados al banco.
Fechas.
Depósitos.
Retiros.
Cantidades.
Todo estaba organizado.
Miguel miraba los papeles sin comprender.
Hasta que reconoció la firma del padre de Teresa.
Su expresión cambió.
—Eso fue lo de la casa de tus papás… —murmuró.
Teresa giró lentamente hacia él.
—Sí.
Miguel se pasó una mano por la cara.
Había olvidado completamente de dónde había salido buena parte del dinero.
Durante más de veinte años había dicho “nuestro departamento” tantas veces que terminó convencido de que ambos habían aportado lo mismo.
La jueza no tomó una decisión definitiva aquel día. Ordenó revisar la documentación y pidió información adicional sobre la escritura, los movimientos bancarios y las aportaciones posteriores.
Pero Miguel salió del juzgado pálido.
En el pasillo intentó alcanzar a Teresa.
—Tenemos que hablar.
—Podemos hablar.
—Esto no puede ser así.
—¿Qué cosa?
—El departamento. Yo también he vivido ahí durante veintidós años.
Teresa lo observó.
—Vivir en un lugar no significa que puedas olvidar quién puso el dinero para comprarlo.
—Yo pagué reparaciones.
—Entonces demuéstralo.
Miguel se quedó callado.
Durante los siguientes días revisó cada caja guardada en la bodega.
Buscó recibos.
Facturas.
Contratos.
Comprobantes de transferencias.
Recordaba haber pagado ventanas nuevas años atrás. También habían cambiado el piso de la sala y remodelado la cocina.
Pero casi todo se había pagado en efectivo.
En ese tiempo ninguno de los dos pensó que necesitarían demostrarlo algún día.
Encontró garantías de electrodomésticos.
Una factura de una televisión.
Recibos del supermercado.
Hasta una vieja nota de una tintorería.
Pero nada que justificara las cantidades que ahora decía haber invertido.
Por primera vez Miguel entendió que repetir “esto también es mío” no bastaba.
Mientras tanto llegó diciembre.
Daniela, la hija menor, regresó desde Monterrey para pasar algunos días con ellos.
