PARTE 1
—Somos gente moderna, Teresa. Verónica y yo podemos vivir aquí contigo. Ya veremos cómo nos acomodamos con las habitaciones.
Miguel dijo aquello mientras cruzaba la sala cargando la maleta de otra mujer.
Teresa se quedó inmóvil junto a la mesa del comedor, con un plato de sopa entre las manos. Llevaba veinticinco años casada con él, y durante todo ese tiempo había imaginado muchas formas de terminar su matrimonio.
Ninguna incluía recibir a la amante de su esposo en la puerta de su propia casa.
Verónica tendría unos cuarenta y tantos. Vestía un abrigo beige elegante, llevaba una bolsa pequeña y evitaba mirar directamente a Teresa.
—¿Me estás diciendo que se va a quedar aquí? —preguntó Teresa.
—No empieces con dramas. La casa también es mía.
El plato se le resbaló de las manos.
Se hizo pedazos sobre el piso.
Miguel ni siquiera se agachó.
Pasó junto a ella y llevó la maleta hasta el cuarto donde antes dormían sus hijas cuando regresaban a Guadalajara durante vacaciones.
—Puedes quitarte el abrigo —le dijo a Verónica—. Siéntete en confianza.
Aquella frase dolió más que cualquier insulto.
Teresa tenía cincuenta y cuatro años. Había criado a dos hijas, trabajado durante décadas como auxiliar contable y sostenido una casa donde Miguel siempre había dado por hecho que la comida aparecería caliente, las cuentas estarían pagadas y sus camisas planchadas.
Hasta esa noche había pensado que su marido era aburrido, egoísta a veces, pero predecible.
No imaginaba que también pudiera ser cruel.
A la mañana siguiente encontró una vieja tableta de Miguel dentro de un cajón.
La batería todavía tenía carga.
Teresa conocía la contraseña porque Miguel usaba la misma para todo.
No necesitó buscar demasiado.
Mensajes.
Fotografías.
Reservaciones de hotel.
“Ya falta poco para que podamos vivir juntos.”
“Ella nunca se atreverá a dejarme.”
La relación con Verónica llevaba casi año y medio.
Cuando Miguel regresó del trabajo, Teresa lo esperaba en la cocina.
—¿Año y medio?
Miguel se quedó quieto.
—No es como parece.
Teresa soltó una risa seca.
—¿Qué parte estoy entendiendo mal? ¿La parte donde te acuestas con otra mujer o la parte donde la trajiste a dormir bajo mi techo?
Discutieron hasta quedarse sin voz.
Teresa le recordó las veces que había faltado cuando sus hijas estaban enfermas, los cumpleaños que olvidaba, los años en que ella visitó sola a su madre en el hospital porque Miguel siempre tenía “demasiado trabajo”.
Al final terminó sentada en el piso de la cocina, temblando de rabia.
Miguel creyó que aquello había sido el peor momento.
Se equivocaba.
A la mañana siguiente Teresa tomó su bolso, guardó algunos documentos y se presentó en el despacho de una abogada de familia.
Dos horas después salió sabiendo exactamente qué debía buscar.
Miguel pensó que su esposa estaba destruida.
No tenía idea de que Teresa acababa de empezar a hacer cuentas.
Y cuando una contadora deja de llorar y empieza a revisar papeles, alguien suele terminar pagando.
Teresa todavía no sabía que entre aquellos documentos encontraría algo capaz de cambiar por completo el divorcio… y Miguel no podía imaginar lo que estaba a punto de perder.
