PARTE 2
Llegué al banco poco después de las diez de la mañana.
Tomé mi turno y me senté frente a las ventanillas. Había varias personas esperando: una señora con carpetas, un joven mirando su teléfono y un hombre mayor peleándose con el cajero automático.
Entonces entró una mujer que llamó inmediatamente mi atención.
Llevaba lentes oscuros enormes, una gabardina beige a pesar del calor y una peluca castaña, lisa, demasiado brillante.
Me pareció ridícula.
Hasta que vi sus zapatos.
Mocasines negros con una hebilla dorada.
Teresa me había presumido esos zapatos durante tres domingos seguidos.
Sentí que se me secaba la boca.
La mujer tomó turno y se sentó de espaldas a mí.
Cuando la llamaron, caminó hacia una ejecutiva y colocó una identificación sobre el escritorio.
—Necesito mover todo el dinero de esta cuenta hoy mismo —dijo con una voz extrañamente aguda—. Todo. Son casi cuatro millones.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
Metí la mano en mi bolsa.
Saqué lo que yo creía que era mi credencial.
Era una tarjeta de vacunación de mi gato Bruno.
Levanté la vista lentamente.
Mi suegra tenía mi identificación.
La ejecutiva observó la fotografía y después miró a Teresa.
—¿Puede quitarse los lentes, por favor?
—Tengo una infección en los ojos.
—Necesito verificar su identidad.
Teresa se quitó los lentes.
La empleada frunció el ceño.
—Señora… la persona de esta fotografía parece mucho más joven.
Teresa se inclinó sobre el escritorio.
—Me operé la cara.
Casi me reí por los nervios.
Pero entonces escuché algo que me dejó fría.
La ejecutiva pidió una palabra de seguridad.
Teresa empezó a probar:
—¿Diego? ¿Bruno? ¿Familia?
Luego murmuró, creyendo que nadie la escuchaba:
—Este inútil me dijo que con la credencial era suficiente.
No necesitaba preguntar quién era “este inútil”.
Diego sabía que mi banco tenía una palabra de seguridad porque una vez me acompañó a realizar un trámite.
Saqué mi teléfono y empecé a grabar.
Ya no estaba viendo a una suegra desesperada intentando “salvar el matrimonio”.
Estaba viendo a dos personas que habían organizado algo juntos.
Caminé hacia la ventanilla y me detuve justo detrás de Teresa.
La ejecutiva volvió a preguntar:
—¿La palabra de seguridad?
Me acerqué al oído de mi suegra.
—Abuela. La palabra es “abuela”. Por la mujer cuyo dinero estás intentando robar.
Teresa se volteó tan rápido que la peluca se le deslizó hasta las cejas.
Su cara perdió todo el color.
Yo levanté el teléfono para seguir grabando.
—Por favor, llame a seguridad —le dije a la empleada—. Esa mujer tiene mi identificación.
Teresa abrió la boca.
Y entonces dijo una frase que terminó de confirmar que Diego estaba involucrado.
—Camila, no hagas una locura… tu esposo fue quien dijo que teníamos que sacar el dinero antes de que tú lo escondieras.
En ese instante comprendí que la infidelidad había sido apenas el principio.
