PARTE 1
—No seas dramática, Camila. Tu esposo se equivocó una vez. ¿De verdad vas a tirar tu matrimonio por una mujer que ni siquiera significa nada?
Teresa, mi suegra, pronunció aquello sentada en mi sala como si la engañada fuera ella y yo tuviera que pedir disculpas.
Veinticuatro horas antes había regresado temprano a nuestro departamento en Guadalajara porque se había roto una tubería en la pastelería donde trabajaba. Abrí la puerta sin hacer ruido y encontré a Diego, mi esposo, besando a una mujer de su oficina.
Lo peor no fue verlo.
Lo peor fue escucharlo después.
—No pasó nada importante —me dijo mientras se abotonaba la camisa—. Estás exagerando porque últimamente andas muy sensible.
Así que aquella tarde metí sus camisas, zapatos y videojuegos en dos maletas y las dejé junto a la entrada.
Teresa llegó media hora después para “salvar nuestro matrimonio”.
—Los hombres cometen tonterías —insistió—. Además, ustedes ya estaban por comprar casa.
Ahí entendí qué era lo que de verdad le preocupaba.
Tres semanas antes yo había vendido un pequeño departamento que mi abuela me dejó como herencia. Después de impuestos y gastos, tenía casi cuatro millones de pesos en una cuenta únicamente a mi nombre.
Diego llevaba meses diciendo que debíamos usar ese dinero como enganche de una casa más grande.
Curiosamente, siempre sugería que la propiedad quedara registrada de una manera que le diera a él el mayor control posible.
—Mi dinero no tiene nada que ver con tu hijo —respondí.
Teresa cambió de expresión.
—Pero son matrimonio. Lo tuyo también es de Diego.
—La herencia de mi abuela es mía.
Diego, que hasta entonces permanecía callado, soltó:
—Camila, no empieces con esas cosas. Yo también he invertido años en esta relación.
Sentí algo helado recorrerme la espalda.
Ni siquiera estaba arrepentido por haberme engañado.
Estaba haciendo cuentas.
Le señalé la puerta.
—Deja las llaves y vete.
Teresa fingió sentirse mal y me pidió agua. Caminó hacia la cocina mientras Diego seguía rogándome que “pensara con calma”.
Diez minutos después ambos se marcharon.
Esa noche cambié todas mis contraseñas.
Diego conocía algunas porque durante años habíamos usado nuestros teléfonos sin secretos. Por precaución decidí que a la mañana siguiente iría personalmente al banco para mover el dinero a una cuenta nueva.
Antes de dormir revisé mi bolsa.
Vi sobresalir la esquina de mi credencial y me tranquilicé.
Lo que yo no sabía era que, mientras fingía buscar agua, Teresa había pasado por la entrada.
Y había metido la mano en mi bolsa.
A la mañana siguiente descubriría que mi esposo no solo me había sido infiel.
Él y su madre ya tenían un plan para quedarse con lo único que mi abuela me había dejado.
