PARTE 3
Mauricio tardó varios minutos en empezar a hablar.
Nos sentamos en la cocina, con las luces apagadas salvo por la lámpara sobre la estufa. Yo tenía las manos apoyadas sobre mi vientre y sentía al bebé moverse ligeramente, como si incluso él percibiera la tensión.
—Fue hace casi cuatro meses —dijo Mauricio—. Mariana salió de una fiesta en Zapopan. Según la investigación, iba manejando demasiado rápido. Hubo un accidente.
—¿Qué clase de accidente?
Mauricio tragó saliva.
—Golpeó una motocicleta cuando cambió de carril. El muchacho quedó hospitalizado varias semanas. Después chocó contra otro vehículo. Una mujer también resultó lesionada.
Me quedé mirándolo.
—¿Y huyó?
Asintió.
—Dejó el coche cerca de una gasolinera. Al parecer alguien la recogió. Días después supimos que había salido del país.
No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Y Camila?
—Mariana la dejó conmigo dos días antes. Me dijo que necesitaba resolver unos problemas y que volvería pronto.
Aquella frase me produjo escalofríos.
Volvería pronto.
Era exactamente lo que Camila seguía repitiendo.
—¿Sabías todo esto desde el principio?
—No todo. Mi mamá escuchó rumores. Después hablé con un abogado y confirmé que había una investigación.
—Y decidiste esconderlo.
—Quería proteger a Camila.
Solté una risa amarga.
—No. Querías evitar una conversación difícil.
Mauricio levantó la mirada.
—No es tan sencillo.
—Claro que no es sencillo. Nada de esto es sencillo. Pero mientras tú viajabas, yo trataba de entender por qué tu hija me trataba como si estuviera esperando que yo también desapareciera. Tú sabías que su madre había huido después de un accidente y me dejaste pensar que simplemente era una adolescente malcriada.
—Estabas embarazada. El médico dijo que debías evitar estrés.
—¿Y mentirme durante meses te pareció menos estresante?
No respondió.
Esa noche casi no dormí.
A la mañana siguiente vi a Camila desayunar cereal mientras revisaba videos en su teléfono.
No sabía nada.
O quizá sabía fragmentos.
Tal vez recordaba conversaciones.
Tal vez había escuchado cosas que ningún adulto tuvo el valor de explicarle.
Durante los siguientes días seguí preguntándome cuándo debíamos hablar con ella.
Mauricio insistía en esperar.
Mi suegra también.
—¿Para qué destrozarle la imagen de su madre? —decía.
Pero cada vez que escuchaba esa frase sentía más rabia.
Porque la imagen ya estaba destrozada.
Camila simplemente no sabía por qué.
Una tarde regresé del trabajo y encontré algo que meses antes me habría parecido imposible.
Camila estaba cocinando sopa.
—No te emociones —dijo cuando me vio—. Es de una receta de internet.
—Prometo no emocionarme.
—Y tampoco digas que está rica si sabe horrible.
Probé una cucharada.
—Le falta sal.
—Sabía que algo tenía.
Nos reímos.
Fue una tontería.
Un instante pequeño.
Pero aquella risa me hizo comprender cuánto habían cambiado las cosas.
Camila seguía siendo complicada. Dejaba ropa tirada. Contestaba mal algunas veces. Ponía música demasiado fuerte.
Pero ya no sentía que yo fuera su enemiga.
Una noche incluso apareció en la puerta de nuestra recámara.
—Daniela.
—¿Qué pasó?
Se quedó jugando con la manga de su sudadera.
—Cuando tengas la próxima cita… ¿puedo ir?
—¿A mi cita?
—Sí. La del bebé. La que hacen con la pantalla.
—¿El ultrasonido?
—Eso.
Intenté no mostrar demasiada sorpresa.
—Claro.
Camila sonrió apenas.
—Quiero saber si de verdad parece bebé o todavía parece frijol.
Mauricio soltó una carcajada desde la cama.
Yo también.
Por unos segundos parecíamos una familia normal.
Precisamente por eso lo que ocurrió cuatro días después fue todavía peor.
Yo estaba preparando ensalada cuando noté que la casa estaba demasiado silenciosa.
Camila siempre tenía música, videos o alguna llamada.
Me acerqué a su habitación.
—¿Camila?
No respondió.
Empujé la puerta.
Estaba sentada en el piso junto a la cama con el teléfono entre las manos.
Tenía el rostro completamente pálido.
—¿Qué pasó?
Levantó la pantalla hacia mí.
Era una publicación de un grupo local.
Reconocí inmediatamente el automóvil de las fotografías que Mauricio me había enseñado en secreto.
El texto decía que las autoridades seguían buscando a una mujer relacionada con un accidente ocurrido meses atrás.
Había comentarios.
Personas diciendo que la habían visto.
Otros compartiendo imágenes.
Y alguien había publicado una fotografía antigua de Mariana.
Camila me miró.
—Es mi mamá.
No respondí.
—Es mi mamá, Daniela.
Su voz se quebró.
—Sí.
—Dicen que huyó.
Sentí un nudo en la garganta.
Camila siguió leyendo.
—Dicen que dejó heridos. Dicen que escapó. Dicen que la policía la está buscando.
De pronto levantó los ojos.
Y su expresión cambió.
—Tú sabías.
No era una pregunta.
—Me enteré hace poco.
—Mi papá sabía.
—Sí.
—Mi abuela también.
Asentí.
Camila dejó caer el teléfono sobre la cama.
—Todos sabían.
—Camila…
—¡Todos sabían!
Mauricio salió de la sala al escuchar los gritos.
—¿Qué pasa?
Camila se volvió hacia él.
—¿Desde cuándo sabes que mamá está huyendo de la policía?
El rostro de Mauricio perdió el color.
Ese segundo bastó.
Camila entendió todo.
—No puede ser.
—Hija, déjame explicarte.
—¿Desde cuándo?
—Camila…
—¡Desde cuándo!
—Desde hace unos meses.
Ella retrocedió como si la hubieran golpeado.
—¿Y me dejaste esperar?
Mauricio intentó acercarse.
—Yo quería protegerte.
—¿Protegerme de qué? ¿De saber que mi propia mamá me dejó contigo porque iba a escapar?
—No sabemos exactamente por qué hizo todo lo que hizo.
—¡Pero sabías que no estaba de viaje!
Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas.
—Yo pensaba que quizá estaba enferma. Pensaba que se había enojado conmigo. Pensaba que un día iba a tocar la puerta.
