PARTE 2
El domingo llevé a Bruno a caminar por un parque cercano.
Mientras descansaba en una banca, una señora que reconocí como la mamá de una compañera de Camila me sonrió.
—Qué bueno que ya regresaron las muchachas. El viernes se divirtieron muchísimo en el baile.
La miré confundida.
—¿Qué baile?
—El del centro cultural. Mi hija estuvo con Camila hasta casi las once.
Sentí que algo se me congelaba por dentro.
Camila nos había pedido dinero porque supuestamente iba a una excursión escolar a Guanajuato durante todo el fin de semana.
No hubo ninguna excursión.
Al día siguiente confirmé que parte del dinero había terminado en maquillaje, ropa y una salida con amigas.
Sin embargo, lo que más me sorprendió ocurrió esa misma noche.
Pasé frente a su habitación y escuché su voz.
Hablaba con una amiga.
—Cuando nazca el bebé ya no voy a importar —decía—. Mi mamá hizo lo mismo. Primero decía que jamás me abandonaría y luego se fue. Mi papá ahora solo habla de carriolas, cunas y doctores. Seguro después van a querer mandarme con mi abuela.
Me quedé inmóvil.
Por primera vez no escuché a una niña insolente.
Escuché a una niña aterrada.
Dos días después entré a su habitación.
—Sé que no fuiste a Guanajuato.
Camila palideció.
—¿Me estás espiando?
—No. Pero también sé lo del maquillaje. No voy a decírselo a tu papá por ahora.
Me miró desconfiada.
—¿Qué quieres?
—Que dejemos de tratarnos como enemigas. Tú vas a cumplir con tus responsabilidades. Pasearás a Bruno, lavarás lo que ensucies y dejarás de mentir. A cambio, si estás enojada, asustada o triste, puedes decírmelo. No voy a usarlo contra ti.
Durante varios segundos no respondió.
Finalmente asintió.
Para mi sorpresa, funcionó.
Camila comenzó a cambiar.
Primero por obligación.
Después porque parecía querer hacerlo.
Hasta me dejó sopa caliente una noche que llegué tarde del trabajo.
Yo empezaba a pensar que quizá por fin estábamos encontrando nuestro lugar cuando escuché a Mauricio hablando por teléfono con su madre en la recámara.
—No puedes decírselo a Camila —murmuró—. El abogado dijo que la policía todavía está buscando a Mariana. Si descubren dónde está, todo se va a complicar.
Sentí que las piernas se me aflojaban.
Esperé a que colgara.
—¿Por qué la policía está buscando a Mariana?
Mauricio cerró los ojos.
Y entonces entendí que la desaparición de aquella mujer nunca había sido voluntaria para Camila.
Había una investigación.
Había víctimas.
Había una fuga.
Y el hombre con quien dormía todas las noches llevaba meses ocultándome la verdad.
Lo peor era que, a pocos metros de nosotros, Camila seguía esperando que su madre regresara como si nada hubiera ocurrido.
A la mañana siguiente supe que ya no podríamos protegerla con mentiras, porque la verdad estaba a punto de encontrarla por sí sola.
