PARTE 1
—Sabías perfectamente que Mauricio tenía una hija cuando te casaste con él. Si ahora te molesta, aprende a ser una buena madrastra y deja de hacerte la víctima —soltó mi suegra mientras dejaba la taza sobre la mesa.
Me llamo Daniela, tenía treinta y cuatro años, estaba embarazada de cuatro meses y, hasta ese momento, llevaba casi tres meses tratando de convencerme de que yo era el problema.
Camila, la hija de trece años de mi esposo, estaba recargada en el marco de la puerta con los audífonos puestos. Fingía escuchar música, pero vi perfectamente la pequeña sonrisa que se le dibujó cuando su abuela terminó de regañarme.
Desde que su madre, Mariana, había desaparecido sin dar demasiadas explicaciones, Camila se había mudado con nosotros a Guadalajara. Mauricio trabajaba supervisando rutas de transporte y pasaba varios días fuera de casa, así que casi todo terminaba sobre mis hombros.
Preparaba comida, lavaba los platos que Camila dejaba desde el desayuno, la llevaba a la escuela cuando podía y paseaba a Bruno, nuestro perro, incluso cuando las náuseas del embarazo me doblaban del estómago.
Camila apenas me dirigía la palabra.
Yo me repetía que era normal.
Su madre se había ido.
Su vida había cambiado.
Yo estaba embarazada.
Seguramente tenía miedo.
Pero una noche Mauricio regresó de León y vi a Camila presumiendo un teléfono nuevo que costaba casi diecinueve mil pesos.
—¿Tú se lo compraste? —pregunté.
—Se le rompió el anterior.
Sentí un hueco en el estómago.
Dos semanas antes habíamos hablado de apartar ese dinero para el paquete de maternidad en una clínica privada. El embarazo estaba siendo pesado y yo quería sentirme segura al momento del parto.
—Habíamos quedado en otra cosa.
Mauricio suspiró.
—Daniela, Camila está pasando por algo mucho peor que nosotros. Su mamá desapareció y tú estás reclamando por un teléfono.
Lo miré sin poder creerlo.
—No estoy reclamando por un teléfono. Estoy reclamando porque tomaste una decisión con nuestro dinero sin siquiera hablar conmigo.
—Es mi hija.
—Y el bebé que estoy cargando también es tu hijo.
El silencio fue peor que cualquier respuesta.
Miré hacia el pasillo.
Camila estaba ahí.
Había escuchado todo.
Y por primera vez comprendí que en aquella casa cada persona sabía algo que yo ignoraba.
Aquella misma noche tomé una chamarra y me fui a dormir a casa de mi amiga.
Pensé que el problema era una adolescente rebelde y un marido demasiado protector.
Tres días después descubrí que Camila llevaba semanas mintiéndonos y que su madre no había “desaparecido” como todos me habían hecho creer.
Y todavía no tenía idea de la atrocidad que estaba a punto de salir a la luz.
