PARTE 3
La sala quedó en silencio.
Mauricio miraba el teléfono de Daniela como si pudiera borrar las pruebas únicamente con desearlo.
Teresa fue la primera en reaccionar.
—A ver, a ver. Tampoco hagan un escándalo por unas transferencias. Un hijo tiene derecho a ayudar a su madre.
Daniela soltó una risa breve.
—Con su propio dinero, sí.
Volvió la pantalla hacia todos.
—Pero Mauricio no estaba ayudándote con su dinero.
Mostró los movimientos.
Había transferencias por 4,000, 5,500 y hasta 7,000 pesos.
El dinero llegaba a la cuenta de Mauricio pocos días después de que Roberto le entregaba el efectivo destinado a los gastos del departamento.
Después pasaba a Teresa.
Una parte, al menos.
—¿Y el resto? —preguntó Roberto.
Mauricio tragó saliva.
—Yo… algunas veces necesitaba dinero.
—¿Para qué?
—Cosas.
—¿Qué cosas?
Mauricio se pasó una mano por el cabello.
—Pues mis gastos.
Daniela señaló sus tenis.
—¿Esos?
Él bajó la mirada.
—También.
—¿La consola?
No respondió.
—¿Las cenas con tus amigos?
Silencio.
Daniela sintió una mezcla extraña de rabia y vergüenza.
No por haber sido engañada.
Sino por recordar todas las veces que Mauricio había presumido frente a sus amigos que él “mantenía su casa”.
Había construido una imagen de proveedor utilizando el dinero que sus suegros entregaban para ayudarlos.
Roberto tomó uno de los recibos vencidos.
—Yo no te daba este dinero porque me sobrara.
Su voz era tranquila, pero mucho más dura que un grito.
—Tu suegra y yo trabajamos más de 30 años. Tenemos nuestros ahorros porque nunca hemos tirado el dinero. Les prestamos este departamento porque queríamos que ustedes juntaran para algo propio.
Mauricio intentó sonreír.
—Y se agradece, don Roberto.
—No. No se agradece.
Roberto dejó el recibo sobre la mesa.
—Se respeta.
Teresa cruzó los brazos.
—Tampoco trate a mi hijo como ladrón.
Daniela giró hacia ella.
—¿Cómo quieres que lo llamemos?
—Él me ayudaba porque sabe que yo no tengo los mismos privilegios que ustedes.
Elena, que hasta ese momento había permanecido en silencio, la miró.
—Teresa, recibes una pensión y tienes tu casa pagada.
—Una casa vieja.
—Pero tuya.
—¿Y qué? ¿Eso significa que mi hijo tiene prohibido ayudarme?
—No —respondió Elena—. Significa que no tenía derecho a ayudarte robando el dinero de otros.
Teresa se puso roja.
—¡No robó nada!
Daniela levantó un recibo.
—Papá le entregaba aproximadamente 6,500 pesos cada mes para los gastos. Mauricio se quedaba el dinero. Después sacaba los avisos del buzón antes de que yo los viera. Eso no fue un error.
Miró a su esposo.
—¿Verdad?
Mauricio apretó los labios.
—Pensaba pagarlo después.
—¿Con qué?
—Con unos trabajos que me iban a salir.
—¿Cuáles?
No respondió.
—Mauricio, ¿cuáles?
—No sé. Algo iba a aparecer.
Daniela casi no podía creerlo.
—¿Tu plan era esperar un milagro?
—¡No exageres!
Aquella respuesta fue peor que cualquier confesión.
—¿Exagerar?
Daniela se puso de pie.
—Tenemos casi 40,000 pesos de deuda porque durante medio año tomaste dinero que no era tuyo.
—Era dinero para nosotros.
—No. Era dinero para pagar cuentas.
—¡Pero finalmente todo queda dentro de la familia!
Daniela lo miró fijamente.
Esa frase resumía todo.
Para Mauricio, “familia” significaba una caja común de la que él podía sacar cuanto quisiera sin pedir permiso.
—Entonces supongo —dijo ella— que tampoco viste problema en usar mi tarjeta.
Mauricio levantó la cabeza de golpe.
Teresa dejó de discutir.
Roberto frunció el ceño.
—¿Qué tarjeta?
Daniela respiró profundo.
Aquello era el detalle que había descubierto la noche anterior.
Mientras revisaba movimientos, encontró 3 cargos pequeños realizados con una tarjeta adicional que años atrás había solicitado para emergencias.
La tarjeta había permanecido guardada en un cajón.
O eso creía.
—Hace 4 meses comenzaron a aparecer cargos que yo confundí con compras mías. Mil doscientos aquí. Ochocientos allá. Dos mil quinientos después.
Daniela miró a Mauricio.
—Ayer pedí el historial completo.
Sacó unas hojas impresas.
—Comida, gasolina, accesorios electrónicos. Y una mensualidad de una tienda departamental.
Elena se llevó una mano al pecho.
—¿También usó tu tarjeta?
Mauricio levantó las manos.
—Daniela, escucha.
—Estoy escuchando desde hace meses.
—Yo la iba pagando.
—Con el dinero de mi papá.
Otra vez, silencio.
Daniela sintió que su enojo se transformaba en una claridad absoluta.
Durante meses había pensado que su matrimonio atravesaba una mala etapa.
Había culpado al trabajo.
Al cansancio.
A los problemas económicos.
Había creído que Mauricio estaba frustrado porque no ganaba lo suficiente.
Ahora entendía algo mucho más desagradable.
No estaba frustrado por no poder aportar.
Estaba molesto porque los demás no aportaban suficiente para él.
Mauricio volvió a sentarse.
—Está bien. Me equivoqué.
—No.
—¿Cómo que no?
—Equivocarte es pagar dos veces un recibo. Esto lo hiciste durante 6 meses.
—¡Porque estaba presionado!
—¿Por quién?
Mauricio señaló a Teresa sin darse cuenta.
La expresión de su madre cambió.
—No me metas.
—Mamá, tú también pedías cosas.
—¿Y yo te obligué?
—Todo el tiempo estabas diciendo que necesitabas dinero.
—¿Y por eso robas?
La palabra salió de la boca de Teresa antes de que pudiera detenerse.
Mauricio la miró incrédulo.
—¿Ahora resulta que yo soy el único culpable?
—Tú eres adulto.
—¡Pero el sillón fue para ti!
—Yo jamás te pregunté de dónde sacabas el dinero.
Daniela observó la escena.
La alianza perfecta entre madre e hijo empezaba a romperse en cuanto aparecía una consecuencia real.
—¿Y la pintura? —preguntó Mauricio.
—Tú dijiste que te habían pagado una comisión.
—¡Porque tú siempre estabas diciendo que los papás de Daniela tenían dinero!
Teresa abrió la boca.
—¡No pongas palabras en mi boca!
Mauricio se puso de pie.
—Me dijiste que ellos tenían de sobra. Que si realmente querían a Daniela deberían ayudarnos más.
Roberto soltó una carcajada sin humor.
—Ahí está.
Teresa señaló a su hijo.
—Yo nunca te dije que tomaras dinero destinado a otras cosas.
—Pero feliz recibías todo.
—Porque me decías que era tuyo.
Mauricio comenzó a ponerse nervioso.
—Mamá…
—No me involucres en tus problemas matrimoniales.
Daniela los observó durante unos segundos.
Después se dirigió a su habitación.
Mauricio fue detrás.
—¿A dónde vas?
Ella abrió el clóset.
Sacó una mochila grande y comenzó a meter ropa masculina.
—Daniela.
Ella agregó varios pantalones.
—Daniela, no hagas una tontería.
Metió camisas.
—¡Te estoy hablando!
Daniela se volvió.
—Y yo llevo meses oyéndote.
Mauricio perdió algo de seguridad.
—¿Qué estás haciendo?
—Tu maleta.
—¿Para qué?
—Te vas.
Por primera vez, pareció verdaderamente asustado.
