PARTE 1
—Tus papás deberían dar más dinero. Si tienen para irse de viaje y vivir tranquilos, también tienen para ayudar a mi mamá.
Daniela dejó de secar el último plato y miró a Mauricio como si acabara de hablar en otro idioma.
Él estaba sentado frente a la mesa de la cocina, satisfecho después de cenar, con unos tenis nuevos que costaban casi lo mismo que la mitad de su sueldo mensual.
—¿Dar más dinero? —preguntó ella—. Mauricio, estamos viviendo en el departamento de mis padres sin pagar renta.
El departamento, en Guadalajara, pertenecía a Roberto y Elena, los padres de Daniela. Para que su hija pudiera ahorrar junto con su esposo y algún día comprar una casa, además de prestarles la propiedad, Roberto entregaba cada mes un sobre con efectivo destinado al mantenimiento, agua, luz, gas e internet.
Mauricio se había ofrecido a encargarse de los pagos.
—Tu trabajo te consume demasiado —le había dicho 6 meses antes—. Yo tengo horarios más flexibles. Dame el dinero y yo pago todo.
Daniela, administradora de una clínica veterinaria, aceptó agradecida.
Ahora comenzaba a arrepentirse.
—Mi mamá vive sola —continuó Mauricio—. Necesita ayuda. Tú sabes que su pensión es pequeña.
Daniela arqueó una ceja.
—¿La misma mamá que acaba de comprar un sillón reclinable de casi 18,000 pesos?
—Lo necesita para la espalda.
—¿Y también necesita que le remodelen la sala?
Mauricio golpeó la mesa.
—¡Es mi madre! ¿Qué quieres que haga? ¿Que la abandone?
La discusión terminó como siempre: él ofendido y Daniela preguntándose cómo había terminado casada con un hombre que confundía solidaridad con obligación ajena.
Al día siguiente, mientras atendía a clientes en la clínica, Daniela empezó a hacer cuentas.
Mauricio trabajaba reparando celulares en una pequeña plaza comercial. Ganaba poco.
Sin embargo, durante los últimos meses había aparecido con tenis caros, una consola nueva y cenas con amigos.
Su suegra, Teresa, de pronto tenía dinero para muebles, pintura y reparaciones.
Y Mauricio siempre tenía la misma explicación:
—Me cayó un trabajo extra.
Aquella noche él salió con unos amigos.
Daniela abrió el cajón donde supuestamente guardaba los comprobantes de servicios.
Encontró la carpeta.
Vacía.
Ni un recibo.
Ni una sola comprobación de los últimos 6 meses.
Entonces llamó a su padre.
—Papá, mañana necesito que revises cuánto se debe realmente del departamento.
Roberto guardó silencio.
—¿Por qué?
Daniela miró la carpeta vacía.
—Porque creo que Mauricio no ha estado pagando nada.
Dos días después, Roberto la llamó.
Su voz ya no parecía la de un padre preocupado.
Parecía la de un hombre furioso.
—Daniela… hay una deuda de 38,700 pesos.
Ella cerró los ojos.
—¿De cuánto?
—Treinta y ocho mil setecientos. No pagó prácticamente nada durante meses.
Daniela respiró lentamente.
Y entonces tuvo una idea.
—Papá, el domingo vengan a comer. No le digas nada a Mauricio.
—¿Qué piensas hacer?
Daniela miró los tenis nuevos de su marido junto a la puerta.
—Quiero darle una última oportunidad de decir la verdad.
Pero Mauricio no solo no iba a decirla.
El domingo haría algo tan descarado frente a toda la familia que Daniela comprendería que ya no quedaba nada que salvar.
Y todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…
