ntht/ Descubrí que mi esposo llevaba meses guardándose el dinero que mis padres entregaban para los servicios, mientras aparecía con zapatos nuevos y su madre estrenaba reparaciones en casa.

PARTE 2

El domingo, Teresa llegó antes que los padres de Daniela.

No estaba invitada.

Entró con una caja de pan dulce y, antes siquiera de saludar, observó la sala.

—Aquí hace falta pintar —comentó—. Con todo lo que tienen tus papás, podrían arreglar mejor el departamento.

Daniela sonrió.

—Sí, últimamente parece que mis papás tienen muchas obligaciones.

Teresa no captó la ironía.

Se sentó junto a Mauricio y, mientras Daniela preparaba café, comenzó a hablar de un colchón ortopédico que había visto en oferta.

—Cuesta 16,500 —dijo—. Pero es una inversión en salud.

Mauricio respondió inmediatamente:

—Yo veo cómo te ayudamos.

Daniela se quedó inmóvil.

—¿“Te ayudamos”?

Mauricio la ignoró.

—Hoy viene tu papá, ¿verdad? Hablaré con él.

—¿De qué?

Él sonrió con una seguridad que terminó de convencerla de que no sospechaba nada.

—De que aumente lo que nos da cada mes.

Daniela casi se rio.

A la una tocaron el timbre.

Roberto entró acompañado de Elena. Su madre llevaba comida; su padre, una chamarra ligera y un sobre blanco dentro del bolsillo.

Mauricio lo vio.

Sus ojos cambiaron inmediatamente.

—Don Roberto, justo quería hablar con usted.

Roberto se quitó la chamarra con calma.

—¿Sí?

Mauricio cruzó los brazos.

—Mire, creo que lo justo es que a partir de ahora también nos ayude con algunos gastos de mi mamá.

Elena dejó de caminar.

Teresa sonrió satisfecha.

Daniela no dijo una palabra.

—¿Por qué tendría que pagar yo los gastos de tu mamá? —preguntó Roberto.

Mauricio soltó una risa.

—Porque somos familia. Ustedes tienen este departamento, salen de vacaciones, no están mal económicamente. Mi mamá está sola. Además, lo que nos da para servicios ya no alcanza. Debería aumentar el apoyo.

Roberto metió la mano en su chamarra y sacó un sobre.

Mauricio prácticamente se adelantó para tomarlo.

—Eso sí —añadió—, sin ofender, pero ya no deberían ser tan agarrados.

Elena abrió los ojos.

Daniela sintió que algo dentro de ella se apagaba definitivamente.

Roberto, en cambio, sonrió.

—¿Quieres más dinero?

—Pues sí.

—Tengo otro sobre.

Mauricio devolvió el primero y tomó con entusiasmo el segundo.

Lo abrió.

No había billetes.

Había estados de cuenta, avisos de cobro y recibos vencidos.

Mauricio dejó de sonreír.

En la primera hoja podía leerse claramente:

Saldo pendiente: $38,700.

—Explícame algo —dijo Roberto—. Durante 6 meses te entregué dinero para pagar todo. Si aquí está la deuda completa… ¿dónde está mi dinero?

Teresa se levantó.

—Seguro es un error.

Daniela intervino.

—No lo es.

Sacó su celular y abrió varias fotografías.

—Tengo los estados de cuenta. También hablé con la administración. Y hay algo más.

Mauricio palideció.

—Daniela…

—Todavía no termino.

Ella deslizó el dedo sobre la pantalla.

Había encontrado un detalle que ni siquiera su padre conocía.

Una transferencia.

Después otra.

Y otra más.

Todas dirigidas a la misma persona.

Teresa Ramírez.

La suegra dejó caer la taza sobre la mesa.

Mauricio dio un paso hacia Daniela.

—Déjame explicarte.

Ella levantó la mirada.

—Eso es exactamente lo que vas a hacer.

Y cuando Daniela mostró la última transferencia, comprendió que el dinero de los servicios no era ni siquiera el peor secreto que su marido llevaba meses ocultando.

Lo que estaba a punto de decir frente a sus padres iba a terminar de destruir aquella familia.