PARTE 3
Elena sostuvo la taza con ambas manos durante varios segundos antes de continuar.
—Diego tuvo episodios de agresividad cuando era más joven.
Mariana no dijo nada.
—¿Qué tipo de episodios?
Elena respiró profundamente.
—Cuando se enojaba, rompía cosas. Golpeaba puertas, aventaba muebles… una vez destrozó casi todo lo que había en su habitación porque Arturo le quitó el automóvil.
—¿Y recibió ayuda?
—Sí. Durante un tiempo fue con especialistas. Mejoró mucho.
Elena levantó la mirada.
—Cuando empezó contigo, pensé que por fin había encontrado estabilidad. Estaba más tranquilo. Hasta Arturo decía que se había vuelto otro hombre.
Mariana sintió una mezcla de tristeza y temor.
No quería convertir una historia de salud mental en una condena sobre una persona. Tener dificultades emocionales no convertía automáticamente a nadie en alguien peligroso.
Lo que realmente la preocupaba era otra cosa.
Diego jamás se lo había contado.
Y, sobre todo, había normalizado durante toda su vida el desprecio con el que Arturo trataba a Elena.
—¿Diego alguna vez la ha agredido a usted?
Elena negó rápidamente.
—No. Nunca me ha golpeado.
Después hizo una pausa.
—Pero cuando se enfurece puede decir cosas terribles. Y últimamente se parece demasiado a su padre.
Mariana recordó la cena.
“Tu sueldo es ridículo.”
“Yo soy tu marido.”
“Tienes que obedecer.”
“Si te embarazas, abortas.”
No había sido una discusión pasajera.
Diego no se había transformado aquella noche.
Simplemente había dejado de fingir.
Elena continuó hablando.
Le explicó que Arturo había cambiado muchos años atrás, cuando su constructora comenzó a crecer y empezó a ganar grandes cantidades de dinero.
Al principio había sido atento.
Trabajador.
Incluso cariñoso.
Después llegaron el dinero, los contactos, los restaurantes caros y las mujeres.
Elena descubrió la primera infidelidad cuando Diego aún era adolescente.
—Pensé en divorciarme —confesó—. Pero Arturo me dijo que no saldría con nada.
Con los años, casi todos los bienes importantes habían quedado bajo estructuras y documentos que Elena nunca entendió completamente.
La casa.
Los terrenos.
Las inversiones.
Los vehículos.
Arturo controlaba el dinero familiar.
Elena tenía su salario del hospital, pero durante décadas él se había encargado de convencerla de que no podría sobrevivir sola.
—Me decía que mi trabajo era un pasatiempo —recordó—. Que sin él seguiría viviendo en casa de mis padres.
—Pero usted ha trabajado toda su vida.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué dice que no tiene nada?
Elena se encogió de hombros.
—Porque después de escucharlo durante tantos años… terminas creyéndolo.
Esa frase golpeó a Mariana más que cualquier grito de Arturo.
Comprendió que aquella mujer no estaba solamente atrapada económicamente.
Estaba atrapada en una idea.
La habían convencido de que debía agradecer incluso el maltrato.
—Elena, ¿puedo decirle algo sin que se moleste?
—Claro.
—Usted no debería agradecerle a Arturo que no la eche de una casa donde ha construido una vida durante décadas.
Elena bajó los ojos.
—Es fácil decirlo cuando eres joven.
—Tal vez. Pero también es fácil perder otros 10 años esperando que alguien cambie.
La mujer permaneció en silencio.
Mariana no quería decirle qué decisión debía tomar. No conocía toda su situación legal ni económica.
Pero sí podía decirle lo que veía.
—Usted me recibió con cariño sin conocerme. Trabaja, tiene una profesión y todavía se preocupa por proteger a su hijo. No es una inútil. No es una carga. Y definitivamente no es la mujer que Arturo describe cuando quiere hacerla sentir pequeña.
Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.
—Nadie me había dicho eso en muchos años.
Mariana sintió un nudo en la garganta.
Elena buscó una servilleta.
—Cuando Arturo comenzó a salir con otras mujeres, algunas me llamaban.
—¿A usted?
—Sí. Una hasta me dijo que él iba a dejarme por ella. Otra me mandó fotografías.
—Qué crueldad.
—Lo peor fue acostumbrarme.
Elena sonrió con tristeza.
—La primera vez lloré toda la noche. La segunda lloré unas horas. Después de la tercera solo preparé la cena.
Mariana no supo qué responder.
—Y Diego lo vio todo —continuó Elena—. Ese fue mi error.
—Usted no causó la conducta de Arturo.
—Quizá no. Pero le enseñé a mi hijo que una mujer puede soportar cualquier cosa con tal de mantener una familia unida.
Mariana pensó en eso.
Elena tenía razón solamente en una parte.
Los niños no aprenden únicamente de lo que sus padres dicen.
También aprenden de lo que ven repetirse todos los días.
Diego había crecido observando a un padre que se sentía dueño de la casa y de quienes vivían en ella.
Había visto a su madre correr cuando Arturo gritaba.
Había visto las infidelidades.
Había escuchado las burlas.
Y con el tiempo había aprendido a llamarlo “normal”.
—Yo pensé que contigo sería diferente —confesó Elena—. Te veía tan segura de lo que querías… creí que quizá Diego aprendería otra forma de vivir.
Mariana negó con suavidad.
—Yo no puedo casarme con alguien esperando educarlo para que me respete.
Elena asintió.
—Lo sé.
En ese momento, el teléfono de Mariana comenzó a vibrar.
Diego.
Ella lo miró y rechazó la llamada.
Segundos después apareció un mensaje.
Tenemos que hablar. No puedes cancelar una boda por una discusión absurda.
Llegó otro.
Mi mamá fue a buscarte, ¿verdad?
Y otro.
No le metas ideas en la cabeza.
Mariana se quedó mirando la pantalla.
Elena palideció.
—¿Qué dice?
Mariana dudó antes de enseñárselo.
La mujer leyó el mensaje varias veces.
—¿Cómo sabe que vine?
—Tal vez usted se lo dijo.
—No.
Elena revisó su bolso y sacó el celular.
Tenía 6 llamadas perdidas de Diego y 4 de Arturo.
—Tengo que irme.
La ansiedad volvió inmediatamente a su rostro.
Mariana lo notó.
—¿Por qué tiene tanto miedo?
—No quiero problemas.
—Los problemas ya existen.
Elena guardó el teléfono.
—Arturo se enoja muchísimo cuando siente que hablo de nuestra vida con otras personas.
—Entonces no regrese sola si piensa que puede ponerse agresivo.
—Nunca me ha golpeado.
—No dije eso. Solo le digo que se cuide.
Elena tomó su bolso.
Antes de salir, Mariana la abrazó.
Fue un abrazo extraño entre 2 mujeres que apenas se conocían y, sin embargo, entendían perfectamente qué las había unido.
Una estaba intentando escapar del futuro.
La otra llevaba décadas viviendo dentro de él.
—Piense en usted —susurró Mariana—. No en Diego. No en Arturo. En usted.
Elena salió de la cafetería.
Mariana la observó alejarse.
No sabía si volvería a verla.
Tampoco sabía que aquella conversación provocaría un terremoto dentro de la familia Ramírez.
Esa misma noche, Diego llegó al departamento de Mariana.
Golpeó la puerta varias veces.
—¡Mariana!
Ella no abrió.
—¡Sé que estás ahí!
Mariana llamó a su padre.
—Papá, ¿puedes venir?
—¿Qué pasó?
—Diego está afuera.
Su padre no hizo preguntas.
—Voy para allá.
Mientras esperaba, Mariana permaneció lejos de la puerta.
Diego seguía hablando desde el pasillo.
—¡Solo quiero arreglar las cosas!
Después comenzó a cambiar el tono.
—¡No puedes tirarme 1 año de relación por una estupidez!
Mariana no respondió.
—¡Y deja de hablar con mi mamá!
Silencio.
Entonces golpeó la puerta con fuerza.
—¡Mariana!
Aquello terminó de confirmar su decisión.
El hombre del que se había enamorado habría respetado un “no”.
Ese Diego no lo hacía.
Su padre llegó acompañado por uno de sus tíos.
Cuando Diego los vio, trató de fingir calma.
—Señor, solamente vine a hablar con ella.
—Y ella no quiere hablar contigo —respondió el padre de Mariana—. Así que te vas.
—Esto es entre nosotros.
—Era entre ustedes cuando estaban juntos. Ya no están juntos.
Diego apretó la mandíbula.
—Mariana está exagerando.
Entonces ella abrió finalmente la puerta, pero permaneció detrás de su padre.
—No estoy exagerando.
Diego la miró.
—Amor…
—No me digas amor.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—¿Por qué?
Mariana respiró profundamente.
—Porque no quiero pasar mi vida pidiendo permiso para trabajar. No quiero que alguien decida sobre mi cuerpo. No quiero escuchar que una infidelidad es culpa de la esposa porque “se descuidó”. Y no quiero terminar normalizando humillaciones porque tú creciste viéndolas en tu casa.
La expresión de Diego cambió.
—Mi mamá te llenó la cabeza.
—Tu mamá no tuvo que decirme quién eres. Tú mismo me lo mostraste.
Diego dio un paso adelante.
El padre de Mariana se interpuso.
—Hasta aquí.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente Diego sacó algo del bolsillo.
El anillo de compromiso.
Lo lanzó al piso del pasillo.
—Te vas a arrepentir.
Mariana lo miró marcharse.
Y por primera vez desde que lo conocía no sintió ganas de correr detrás de él.
Sintió alivio.
Bloqueó su número.
Cambió algunas rutinas durante varias semanas y avisó en la escuela que no permitieran que Diego entrara a buscarla.
Él intentó comunicarse desde otros números.
Primero llegaron disculpas.
Después reproches.
Más tarde mensajes diciendo que ella había destruido su vida.
