PARTE 2
Al día siguiente, Diego apareció como si nada hubiera ocurrido.
Llevó flores, pidió disculpas a medias y aseguró que Mariana había interpretado mal las palabras de su padre.
—Estaba tomando. Ya sabes cómo se ponen los señores cuando beben.
Para reconciliarse, la invitó a cenar a un restaurante elegante en Providencia.
Mariana aceptó porque necesitaba comprobar algo: si realmente había exagerado o si la noche anterior había visto una parte de Diego que él llevaba meses escondiendo.
La respuesta llegó antes de que sirvieran los platillos.
A unas mesas de distancia estaba Arturo.
Pero no estaba con Elena.
Una mujer joven, vestida para salir de fiesta, reía mientras acariciaba su brazo.
—Diego… ese es tu papá.
—Sí.
—¿Quién es ella?
Diego miró apenas.
—Quién sabe. Alguna amiga.
—¿Tu mamá sabe?
Diego soltó una risita.
—Mariana, no hagas dramas.
Entonces le confesó que su padre había tenido varias amantes durante años.
Incluso existía una niña pequeña, hija de una de aquellas relaciones.
Pero lo que más estremeció a Mariana no fue la infidelidad.
Fue escuchar a Diego defenderlo.
—Mi mamá también tiene culpa. Ya ni se arregla. Mi papá sigue siendo un hombre con necesidades.
Mariana lo observó como si tuviera enfrente a un desconocido.
—¿De verdad piensas así?
—Claro. Y hablando de nosotros, quiero dejar algo claro antes de la boda.
Diego tomó tranquilamente su copa.
—No quiero hijos todavía. Si te embarazas, interrumpes el embarazo. Yo decidiré cuándo estamos listos.
Mariana se quedó helada.
—¿Tú decidirás?
—Soy tu futuro esposo.
—Mi cuerpo no te pertenece.
Diego se inclinó hacia ella.
—No empieces con tus discursos de maestra. Tampoco quiero que engordes ni que descuides tu apariencia. Necesito una esposa que se vea bien cuando salgamos.
Mariana tomó su bolso.
—Entonces busca una esposa que acepte ser propiedad tuya.
Se quitó el anillo y lo dejó sobre la mesa.
—La boda se acabó.
Diego dejó de sonreír.
Durante los siguientes días la llamó decenas de veces.
Mariana no respondió.
Hasta que, una tarde, al salir de la escuela, encontró a Elena esperándola junto a la entrada.
La mujer tenía los ojos hinchados.
—Mariana… necesito saber qué pasó con mi hijo.
Entraron a una cafetería.
Y cuando Mariana le contó la verdad, Elena bajó la mirada.
—Yo sé que Arturo me engaña —susurró—. Lo sé desde hace años.
Luego dijo algo mucho más inquietante.
—Pero hay otra cosa sobre Diego que él seguramente nunca te contó.
Mariana sintió que se le cerraba el pecho.
Y cuando Elena comenzó a explicarlo, entendió que romper el compromiso quizá no solo había salvado su futuro.
Tal vez la había salvado de algo mucho peor.
