PARTE 3
—Daniela, hablo en serio. Ven.
Mauricio sonaba desesperado.
Yo estaba desayunando tranquilamente en mi departamento antes de ir al trabajo.
—¿Qué pasó?
—Mi papá quiere café y no sabemos dónde lo guarda mi mamá.
—Busca.
—Ya buscamos.
—Entonces compra.
—Pero ¿cuál compra?
—Mauricio, tienes 31 años.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Todo.
Colgué.
Confieso que durante los primeros minutos sentí culpa.
Leticia llevaba décadas ocupándose de aquella casa. Sabía qué comía Roberto, dónde estaban sus medicinas, qué detergente compraba, cuánto tiempo tardaba la olla exprés y hasta qué calcetines prefería Mauricio para trabajar.
Ella había convertido el cuidado en una forma de amor.
El problema era que, sin darse cuenta, había convertido a 2 adultos en personas completamente dependientes.
Y yo estaba a punto de casarme con uno de ellos.
Si después de 3 semanas Mauricio seguía creyendo que cocinar, lavar y limpiar eran obligaciones femeninas, la boda se cancelaría.
No se lo dije.
Quería ver quién era cuando nadie pudiera rescatarlo.
Los primeros 4 días fueron un desastre.
Comieron tacos, pizza, hamburguesas y comida corrida a domicilio.
El jueves Mauricio me llamó.
—Ya gasté una barbaridad en comida.
—Cocina.
—No sé.
—Aprende.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Un mole?
—Empieza con huevos.
—Mi papá dice que el aceite brinca.
—El aceite no tiene nada personal contra ustedes.
Me colgó molesto.
Esa misma noche recibí una fotografía.
Era un sartén completamente negro.
Debajo escribió:
“Intentamos hacer huevo.”
Respondí:
“Mis condolencias.”
Al día siguiente hubo otro incidente.
Roberto encontró unas milanesas congeladas que Leticia había dejado en el refrigerador.
Las puso directamente en aceite muy caliente.
La cocina terminó salpicada de grasa.
Mauricio llamó reclamándome como si yo fuera responsable.
—¡Casi nos quemamos!
—¿Las descongelaron?
Silencio.
—¿Había que descongelarlas?
—A veces me sorprende que hayas terminado una carrera universitaria.
—No empieces.
—Internet existe, Mauricio.
Esa frase pareció ofenderlo más que cualquier insulto.
Pero por primera vez no podía recurrir a su mamá.
Leticia estaba disfrutando Huatulco.
Cada tarde me mandaba fotografías.
La primera fue desde una hamaca.
La segunda, con un agua de coco frente al mar.
La tercera llevaba lentes oscuros y un sombrero enorme.
En la cuarta aparecía en una clase de baile con otras mujeres del hotel.
—No recordaba cómo era hacer algo solamente porque me daba gusto —me escribió.
Eso me golpeó más de lo que esperaba.
Leticia tenía 57 años.
Durante casi 30 había organizado su vida alrededor del esposo y del hijo.
Nunca descansaba por completo.
Nunca comía antes que ellos.
Si Roberto quería agua, ella se levantaba.
Si Mauricio visitaba la casa y pedía su platillo favorito, ella corría al supermercado.
Todos la llamaban “la reina de la casa”.
Pero aquella supuesta reina no podía sentarse a terminar una taza de café caliente.
Una noche me marcó.
—Daniela…
Su voz sonaba distinta. Más ligera.
—¿Todo bien?
—Sí. Mejor que bien. Pero me siento culpable.
—¿Por qué?
—Roberto me habló 12 veces ayer.
—¿Le contestó?
—Las primeras 3.
Me reí.
—¿Y después?
—Apagué el celular y me fui a nadar.
Hubo un silencio.
Después ambas comenzamos a reír.
Durante la segunda semana ocurrió algo inesperado.
Los hombres dejaron de llamarme para pedir ayuda.
Un miércoles fui a visitarlos.
No para limpiar.
Ni para cocinar.
Quería observar.
Cuando Mauricio abrió la puerta, llevaba una camiseta vieja y un trapo sobre el hombro.
—Pasa, pero quítate los zapatos. Acabo de trapear.
Casi miré hacia el cielo buscando señales del Apocalipsis.
—¿Tú trapeaste?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
—No exageres.
Entré.
La casa no estaba impecable.
Había 2 vasos en la mesa, algunas cosas fuera de lugar y una pequeña montaña de ropa doblada de manera bastante dudosa.
Pero ya no parecía zona de desastre.
Desde la cocina salió Roberto con un mandil que decía “El jefe de la parrilla”.
—Daniela, ¿quieres sopa?
Me quedé mirándolo.
—¿Usted hizo sopa?
—Sí. Bueno… medio.
Mauricio soltó una carcajada.
—La primera tenía tanta sal que casi nos momificamos.
