ntht/ Cuando la madre de mi prometido se fue de vacaciones, él me llamó furioso y me ordenó que fuera a cocinar, limpiar y atender también a su padre porque “ellos no sabían hacer esas cosas”. Fingí estar ocupada y los dejé solos durante 3 semanas. Creí que mi relación terminaría cuando descubriera que yo había planeado todo…

PARTE 1

—Hazme un café bien cargado, con dos de azúcar. Y de una vez tráeme algo de cenar, porque para eso ya casi eres mi esposa.

Me quedé inmóvil con el cuchillo sobre la tabla.

Mauricio estaba tirado en mi sofá, dentro de mi departamento, con los zapatos apoyados sobre el cojín que yo acababa de lavar, mirando su celular como si acabara de llegar a un hotel de 5 estrellas.

Llevábamos 7 meses juntos y faltaban menos de 3 para nuestra boda.

Al principio había sido encantador. Me abría la puerta, llegaba con flores, pagaba las cenas y hasta presumía que quería una relación “de equipo”.

El problema apareció cuando empezamos a pasar más tiempo juntos.

—El café está en la alacena —le dije—. La cafetera tiene un botón enorme. Confío en que puedas resolver el misterio.

Mauricio levantó la vista.

—¿Neta, Daniela? Vengo cansadísimo de trabajar.

—Yo también trabajé 9 horas.

—Sí, pero es diferente.

—¿Diferente cómo?

No respondió.

Ya conocía esa respuesta silenciosa.

Dos semanas antes había ido a comer a casa de sus padres, en Naucalpan, y finalmente entendí de dónde venía todo.

Su mamá, Leticia, no se sentó ni 10 minutos durante toda la comida.

—Lety, las tortillas están frías —ordenaba don Roberto desde la mesa.

Ella corría a calentarlas.

—Mamá, ¿me sirves más agua?

Ella llenaba el vaso de Mauricio aunque la jarra estuviera a 20 centímetros de su mano.

—Este arroz tiene mucha zanahoria.

Leticia se llevaba el plato y separaba la zanahoria.

Yo observaba a padre e hijo sentados uno junto al otro y pensé:

Aquí fabricaron a Mauricio.

Desde entonces las cosas empeoraron.

Dejaba ropa tirada, vasos por toda la casa y toallas mojadas sobre mi cama.

Aquella noche incluso llegó cargando una enorme bolsa.

—¿Qué es eso?

—Mi ropa. La lavadora de mi mamá anda fallando. Te la dejo para que mañana la laves. También tienes que aprender cómo me gustan planchadas las camisas.

Me reí porque pensé que estaba bromeando.

No lo estaba.

—Llévala a una lavandería.

Su rostro cambió.

—Mi mamá tenía razón. Desde que nos comprometimos te has vuelto bien complicada. Una esposa debería cuidar a su marido.

Sentí un frío recorriéndome el cuerpo.

Pero entonces sonrió.

—Mañana vamos a arreglar esto. Tengo una sorpresa.

Al día siguiente, mientras desayunábamos, tocaron el timbre.

Mauricio sonrió satisfecho.

—Ya llegó mi mamá. La invité para que te enseñe algunas cosas antes de casarnos.

Abrí la puerta furiosa.

Leticia entró sin saludar, caminó directamente hasta Mauricio y aventó su bolsa sobre una silla.

Él abrió los brazos.

—A ver, ma. Enséñale cómo se atiende bien a un hombre.

Pero Leticia lo miró con una expresión que jamás olvidaré.

—Yo no vine a enseñarle nada a Daniela. Vine a decirle que todavía está a tiempo de no cometer el peor error de su vida.

Mauricio palideció.

Y entonces su propia madre señaló la puerta y gritó:

—Daniela, si eres inteligente, no te cases con mi hijo.

No podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…