PARTE 1
—¿Tú eres la nueva? Entonces aprende rápido: aquí las inútiles cargan café, no opiniones.
La carpeta de pasta dura me golpeó el pecho y cayó al piso del pasillo del cuarto nivel. Las hojas se desparramaron sobre la alfombra gris, y antes de que pudiera agacharme, unos tacones negros pisaron dos de ellas sin el menor cuidado.
La mujer frente a mí tendría unos 30 años. Llevaba un vestido color vino, un brazalete brillante y un perfume tan fuerte que parecía llenar todo el edificio.
—Mírate nada más —dijo, recorriendo con desprecio mi blusa blanca desgastada, mis pantalones sencillos y mis tenis de lona—. Recursos Humanos ya contrata a cualquiera. Con esa facha pareces vendedora de tianguis.
En su gafete leí: Brenda Salgado, subgerente de Proyectos Comerciales.
Ella no sabía que yo era Valeria Mendoza, hija única de Ernesto Mendoza, fundador del Grupo Mendoza, una de las desarrolladoras inmobiliarias más importantes de México. Tampoco sabía que acababa de regresar después de 8 años estudiando y trabajando en España, ni que ese mismo día asumiría la dirección operativa de la empresa.
Mi padre quería recibirme con una ceremonia. Yo le pedí entrar como empleada en prueba. Durante meses habían llegado denuncias anónimas sobre favoritismos, humillaciones y dinero desaparecido. Quería ver la verdad sin escoltas, sin aduladores y sin que nadie preparara una actuación para mí.
Brenda me extendió una tarjeta del elevador.
—Ve por mis chilaquiles verdes. Con pollo, crema aparte, sin cebolla, dos huevos estrellados y nada de cilantro. Después cruzas por un café de olla con leche deslactosada. Tienes 15 minutos.
—A las 8 debo firmar mi contrato —respondí con suavidad—. Podría pedirlo por aplicación.
Su sonrisa desapareció.
—En este piso yo decido quién se queda. Por cada minuto de retraso te descuento 500 pesos. Y no me hagas repetirlo, porque mi papá es el director comercial.
Ese dato me confirmó algo peor: Brenda era hija de Rodrigo Salgado, sobrino de mi padre y hombre de absoluta confianza de la familia. Yo la había visto de niña, pero ella no me reconoció.
Acepté la tarjeta y entré al elevador. En cuanto se cerraron las puertas, escribí a mi padre:
“Papá, convoca una reunión general a las 9:30. No avises el motivo. La podredumbre empieza dentro de la familia”.
Su respuesta llegó de inmediato:
“Haz lo necesario. Tienes todo mi respaldo”.
Guardé el teléfono y sonreí. Brenda creía haber enviado a una muchacha indefensa por su desayuno. En realidad, acababa de entregar la primera prueba contra ella misma.
Todavía no podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
