ntht/ “Arrodíllate y limpia mis zapatos”, exigió mi prima delante de más de 20 empleados, sin saber que yo era la hija del dueño. No discutí ni revelé mi identidad; solo miré la cámara de seguridad y conservé la carpeta que su padre quería firmar. A las 9:30, toda la familia descubriría qué escondían aquellas facturas infladas.

PARTE 2

Regresé a las 8:06. Había tardado exactamente 16 minutos.

Brenda miró el reloj y golpeó el escritorio.

—Un minuto tarde. Son 500 pesos menos de tu sueldo.

A su alrededor, varios empleados soltaron risitas. Uno incluso comentó que aquella era “la bienvenida oficial” para los nuevos. Yo fingí angustia.

—Acabo de llegar a la ciudad. Necesito ese dinero para la renta.

—A mí no me interesan tus problemas —respondió Brenda mientras abría sus chilaquiles—. Deberías sentirte privilegiada de servirme. Ahora limpia mi escritorio.

Mientras pasaba un trapo entre vasos sucios y envolturas, observé el departamento. Algunos compraban ropa por internet; otros jugaban en el celular. Un teléfono de atención a clientes sonó varias veces hasta que un empleado descolgó y colgó para que dejara de molestarlo.

Yo llevaba el teléfono grabando dentro del bolsillo.

Minutos después, Brenda me arrojó una carpeta.

—Saca cinco copias a color. Mi papá necesita aprobar esto hoy.

En la sala de impresión revisé el documento. Era el presupuesto publicitario para el nuevo desarrollo Bosques del Poniente: 18 millones de pesos. Tres millones para celebridades de segunda línea, cuatro millones para sonido e iluminación y otros conceptos inflados hasta tres veces su valor real.

El proveedor elegido, Eventos RS, no tenía experiencia comprobable. Busqué su registro mercantil desde el celular. La dirección fiscal coincidía con una propiedad de Rodrigo Salgado, padre de Brenda y sobrino de mi padre.

Tomé fotografías de cada página y las envié al presidente. La respuesta fue breve:

“Control Interno ya encontró transferencias a cuentas personales. Sigue hasta las 9:30”.

Cuando volví al escritorio, Brenda movió el brazo con brusquedad y derramó su café sobre sus propios zapatos de diseñador. Enseguida me señaló.

—¡Los arruinaste! Ponte de rodillas y límpialos.

El piso entero quedó en silencio.

Esta vez no bajé la cabeza.

—Usted tiró el café. Las cámaras lo grabaron.

—¡Aquí mi palabra vale más que cualquier cámara!

Me acerqué lo suficiente para que escuchara sin necesidad de gritar.

—Por caros que sean, sus zapatos siempre estarán debajo de sus pies. Nunca podrán colocarse sobre su cabeza para sustituir la dignidad que le falta.

Brenda palideció. Yo caminé hacia el elevador privado del fondo, coloqué mi huella en el lector y las puertas se abrieron.

A las 9:28 ya vestía un traje negro en la oficina presidencial. Mi padre estaba sentado frente a la cámara central. En todas las computadoras del grupo apareció una alerta roja: “Reunión urgente. Asistencia obligatoria”.

Cuando el reloj marcó las 9:30, el presidente anunció que su hija asumiría la dirección nacional. Entonces la cámara giró hacia mí y mi rostro apareció en cada pantalla de la empresa…