PARTE 3
Teresa guardó silencio.
—Vinieron porque querían usar mi casa como domicilio.
Nada.
—Y mi negocio como respaldo.
Nicolás explotó.
—¡Necesitábamos una solución!
—¿Una solución o mi dinero?
—¿Cuál es la diferencia? Eres mi hermana.
—La diferencia es que jamás me preguntaste.
Teresa intervino rápidamente.
—Lucía, escucha. Podemos arreglarlo. Nos prestas 1,500,000 pesos, pagamos todo y Nicolás empieza desde cero.
Mateo casi se rio.
—¿Están hablando en serio?
—Ustedes tienen 2 pastelerías —respondió Teresa—. Vi en redes que abrieron otra sucursal. No pueden decir que no tienen dinero.
Lucía quedó impresionada.
No habían aparecido por casualidad.
Habían investigado su vida.
Sabían dónde trabajaba.
Dónde vivía.
Cuántos locales tenía.
Probablemente también habían calculado cuánto creían que ganaba.
—¿Desde cuándo me estaban buscando?
Teresa dudó.
—Unos meses.
—¿Y por qué nunca llamaste antes?
—No sabía si querías hablar conmigo.
—No. Dime la verdad.
Nicolás soltó:
—Porque antes no necesitábamos nada.
Teresa volvió a exigirle que se callara.
Pero Lucía ya había recibido la respuesta.
Sintió tristeza.
No rabia.
Tristeza.
Durante una parte absurda de aquella noche, había imaginado que quizá Teresa se había arrepentido.
Que tal vez la desgracia había hecho que recordara a la muchacha a la que expulsó.
Que quizá la llamada era también una forma torpe de buscar reconciliación.
No.
Solo necesitaban dinero.
Lucía abrió nuevamente la puerta.
—Ahora sí, váyanse.
—No seas cruel —dijo Teresa.
Aquella palabra resultó casi cómica.
—¿Cruel?
—Tenemos problemas.
—Yo también los tuve.
—¡Eras una irresponsable!
Lucía se quedó completamente quieta.
Mateo miró a Teresa como si quisiera intervenir, pero su esposa levantó una mano.
Quería responder ella.
—Sí. Fui una adolescente irresponsable. Tenía 17 años, estaba embarazada, acababa de perder a mi padre y había descubierto que la mujer a la que llamaba mamá no me quería. Tomé decisiones horribles. ¿Sabes cuál era la diferencia entre Nicolás y yo?
Teresa apretó los labios.
—Que yo era una menor.
Lucía señaló a su hermano.
—Él tiene 29 años.
Nicolás golpeó la mesa con la palma.
—¡Ya entendimos que eres perfecta!
—Nunca dije eso.
—Mírate. Tu negocio, tu departamento, tu marido perfecto. Solo querías que viniéramos para presumirnos todo.
Lucía lo miró sin esconderlo.
—En parte, sí.
Mateo giró ligeramente hacia ella.
Lucía continuó:
—Cuando acepté que vinieran pensé exactamente eso. Quería que vieran lo que construí después de que ustedes me dijeron que acabaría en la calle. Quería que Teresa mirara cada mueble, cada pared y cada cosa que conseguimos Mateo y yo trabajando.
Respiró profundamente.
—Pensé que eso me haría sentir bien.
—¿Y no? —preguntó Teresa con ironía.
