PARTE 1
—Don Emiliano, no se case con la señorita Camila. Cuando usted se va, ella hace llorar a mi mamá.
Emiliano Ferrer dejó de escuchar la música del cuarteto. A unos pasos, la capilla de su finca en Tequisquiapan estaba repleta de empresarios, funcionarios, familiares y fotógrafos. Afuera, más de 200 invitados esperaban ver entrar a la novia.
Pero frente a él estaba Luna, la hija de 5 años de Rosa, la encargada de limpieza.
La niña sostenía con fuerza una muñeca de tela y tenía los ojos húmedos.
—¿Qué le hace? —preguntó Emiliano, agachándose.
—Le aprieta aquí —dijo Luna, señalándose la muñeca—. Le avienta cosas y le dice que, cuando sea la dueña, nos va a sacar. Pero cuando usted regresa, habla bonito.
Emiliano sintió un frío extraño en el pecho.
Camila Robles llevaba 2 años a su lado. Dirigía una asociación para mujeres vulnerables, aparecía en campañas de beneficencia y tenía fama de tratar a todos con una amabilidad impecable. Aquella mañana había abrazado a las cocineras y agradecido a los jardineros frente a las cámaras.
Rosa llegó corriendo desde el corredor de servicio.
—Perdón, señor. Luna no sabe lo que dice. Vámonos, hija.
Su voz temblaba demasiado para sonar convincente.
En ese momento apareció Camila. Su vestido blanco, bordado a mano, brillaba bajo el sol. Al ver a Luna junto al novio, su sonrisa desapareció apenas un instante.
—¿Por qué no ha empezado la ceremonia? —preguntó.
Emiliano se levantó.
—Luna dice que maltratas a Rosa cuando yo no estoy.
Camila abrió los ojos y comenzó a llorar con una facilidad que desconcertó a todos.
—¿De verdad vas a dudar de mí por una niña? —Luego miró a Rosa—. ¿Tú le enseñaste a decir esto para sacarme dinero?
Rosa negó de inmediato. Era viuda, vivía con Luna en una pequeña casa dentro de la finca y dependía por completo de aquel empleo.
—Yo nunca haría algo así.
La madre de Camila se acercó indignada.
—Esto es una vergüenza. Saquen a esa mujer antes de que arruine la boda.
El hermano de Camila, Bruno, incluso pidió que llamaran a la policía por difamación.
Entonces Renata, la hermana mayor de Emiliano, dio un paso al frente.
—La niña dice la verdad.
Camila dejó de llorar.
Renata confesó que había visto a Camila cambiar de actitud en cuanto Emiliano salía de una habitación. Una tarde la sorprendió jalando del brazo a una cocinera. Otra vez la escuchó decirle a Rosa que, después de la boda, “la gente sin apellido aprendería a obedecer”.
—¿Y por qué no dijiste nada? —preguntó Emiliano, dolido.
—Porque hace años juzgué mal a alguien que amabas. Pensé que estaba repitiendo el mismo error.
El ambiente se volvió insoportable.
Entonces Darío, jefe de seguridad, llegó con una tableta y el rostro pálido.
—Señor, revisamos las cámaras del pasillo. Hay pruebas de lo que contó la niña.
Camila dio un paso atrás.
—Pero eso no es lo peor —continuó Darío—. Anoche alguien entró al cuarto de Rosa con un objeto que esta mañana fue reportado como robado.
Emiliano pidió 30 minutos y ordenó cerrar las puertas de la finca.
Darío desbloqueó la pantalla.
En la primera imagen, Camila aparecía sonriendo.
En la última, entraba a la habitación de Rosa con una caja de terciopelo rojo.
Y nadie podía imaginar lo que pensaba hacer después de convertirse en la señora Ferrer.
