—Eso no demuestra nada.
Pero mi hermana la apartó.
—Entonces explícame por qué estabas vendiendo terrenos que ni siquiera pertenecen al abuelo.
Mi papá golpeó la mesa.
—¡Daniel manipuló a Ernesto! ¡Es evidente!
Yo seguía mirando las arandelas.
Había pasado 11 veranos creyendo que eran recuerdos sin valor.
Ahora veía las parcelas donde habíamos sembrado, los potreros que recorríamos al amanecer y el terreno donde estaba mi habitación.
Cada una correspondía a una parte de la propiedad.
Pero todavía había algo que necesitaba comprender.
—Si esas tierras son mías, ¿por qué nadie me lo dijo?
Nadie respondió.
A la mañana siguiente llegó el licenciado Salcedo.
Traía una carpeta gruesa que mi abuelo le había autorizado entregarme.
Nos sentamos en la mesa donde tantas veces habíamos desayunado antes de salir a trabajar.
El abogado comenzó a explicarme.
Mi abuelo había planificado durante años la transmisión de distintas fracciones del rancho a mi favor.
Los primeros actos, cuando yo era menor de edad, se habían formalizado mediante instrumentos de donación y representación legal preparados por el despacho.
