Ella señaló la cabina.
—Perfecto, porque tu hermana tiene un programa bastante movido.
Lo observé acomodarse frente a la consola.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba esperando que otra persona resolviera sus obligaciones.
Estaba aprendiendo a hacerse cargo de ellas.
No todo cambió de un día para otro.
Hubo jornadas difíciles y noches en que terminó completamente agotado.
Sin embargo, continuó presentándose a trabajar y realizando sus pagos.
Con el paso de las semanas, nuestras conversaciones comenzaron a sentirse diferentes.
Ya no giraban constantemente alrededor de sus necesidades económicas.
A veces hablábamos de música, del trabajo o de cosas sencillas que antes parecían haberse perdido entre tantos préstamos y promesas incumplidas.
Yo seguía recordando aquella noche de Año Nuevo.
Pero también podía reconocer cuando alguien estaba haciendo un esfuerzo real por cambiar.
Una madrugada de viernes, en abril, ocurrió algo que ninguno de los 2 esperaba.
Eran aproximadamente las 2:30.
Sebastián estaba operando la consola mientras yo conducía el programa.
Una adolescente llamó para solicitar una dedicatoria musical.
Mi hermano respondió, escuchó durante unos segundos y levantó la cabeza sorprendido.
Después presionó el intercomunicador.
—Valeria, es mi hija, Julieta.
Julieta tenía 13 años.
Antes del incidente de Año Nuevo había sido muy cercana a Benjamín y Sofía.
Abrí el micrófono.
—Buenas noches, estás al aire. ¿A quién quieres dedicarle una canción?
La voz de mi sobrina salió clara por los audífonos.
—A mi papá.
Está trabajando esta noche.
Miré a través del cristal de la cabina.
Sebastián había bajado la cabeza.
—Qué bonito detalle, Julieta. ¿Tienes alguna canción en especial?
—Algo alegre.
Mi papá se ha estado esforzando mucho últimamente y quiero que sepa que me he dado cuenta.
Sentí un nudo en la garganta.
—Creo que podemos encontrar la canción perfecta.
Julieta dudó un instante.
—Tía Valeria, ¿puedo decir otra cosa?
—Claro, corazón.
—Me alegra que Benjamín y Sofía estén hablando otra vez con nosotros.
Los extrañaba mucho.
Sonreí.
—Ellos también te extrañaban, mi amor.
Terminamos la llamada y continuamos con la programación.
Desde mi lugar pude ver a Sebastián limpiándose discretamente los ojos con un pañuelo.
Durante la siguiente pausa comercial se volvió hacia mí.
—No me había dado cuenta de cuánto me estaban observando mis propios hijos.
—Los niños notan muchas más cosas de las que imaginamos.
Asintió lentamente.
—Estoy empezando a entenderlo.
Aquella llamada no reparó mágicamente todos los daños.
