Mientras yo trabajaba toda la noche de Nochevieja, mi hermano dejó a mi hijo de 12 años y a mi hija de 9 afuera de su casa durante casi 3 horas. “La fiesta es para mis hijos y sus amigos”, les dijo antes de cerrarles la puerta. Cuando descubrí que yo había pagado los $18,740 de aquella celebración, tomé mi teléfono y envié un solo mensaje. 40 minutos después, él golpeaba desesperadamente mi puerta…

La noche del 31 de diciembre, a las 7:35, Tomás dejó a nuestros hijos en casa de Sebastián antes de dirigirse al hospital.

Los vio entrar por la puerta principal.

Pocos minutos después me escribió:

«Los niños ya están adentro.

Todo está bien.

Te amo».

Sonreí mientras leía el mensaje.

En la estación de radio estábamos preparando una de las transmisiones más importantes del año.

Mi productora, Karina, organizaba las llamadas de los oyentes y revisaba las solicitudes musicales.

—¿Lista para acompañar a todo Monterrey hasta el amanecer?

—Mientras la cafetera siga funcionando, estoy lista para lo que sea.

Las primeras horas transcurrieron entre dedicatorias, recuerdos y buenos deseos.

A las 10:47 de la noche, mi celular vibró 2 veces.

Era un número desconocido.

Estaba por entrar al aire, así que volteé el teléfono y continué trabajando.

Pensé que alguien se había equivocado.

No imaginaba que aquella persona intentaba avisarme de algo relacionado con mis hijos.

A medianoche dirigí la cuenta regresiva junto con miles de radioescuchas.

Las voces celebraban.

La música llenaba el estudio.

Y en algún lugar de Monterrey, mis hijos estaban en la sala de unos desconocidos, intentando recuperar el calor de sus pequeños cuerpos.

Descubrí la verdad a las 6:15 de la mañana.

Acababa de terminar mi turno cuando escuché el mensaje de voz del número desconocido.

Era un hombre mayor.

—Buenos días, señora Valeria.

Soy Walter, vivo enfrente de la casa de su hermano.

Su hijo me dio su número.

Quería avisarle que los 2 niños están a salvo con mi esposa y conmigo.

Sentí que algo me apretaba el pecho.

La grabación continuó.

—Los vimos sentados afuera de la casa alrededor de las 8.

Pasó bastante tiempo y seguían ahí.

Mi esposa fue a preguntarles qué sucedía.

Nos dijeron que no podían volver a entrar.

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