—Tu vida está en el Ejército. Tienes sueldo, prestaciones y alojamiento cuando estás de servicio. Fernanda tiene 2 hijos y necesita estabilidad.
Fernanda sonrió como si ya hubiera ganado.
—Casi nunca vienes, Mariana. Esta casa se desperdicia contigo.
La residencia no era un capricho.
Mariana la había pagado con sus ahorros, bonos de riesgo y la indemnización de su esposo, Daniel Alcázar, un especialista en inteligencia financiera que perdió la vida 6 años atrás.
Cada habitación guardaba una parte de ellos.
En la biblioteca seguía una brújula de latón que Daniel llevaba en cada viaje. En el jardín había un ahuehuete que plantaron cuando creyeron que todavía tendrían hijos.
Rogelio no miró nada de eso.
Sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa.
—La propiedad ya fue cedida a Fernanda.
Mariana abrió los documentos. Reconoció su nombre, una firma parecida a la suya y el sello de una notaría de Naucalpan.
—Yo nunca firmé esto.
—No empieces con dramas —respondió Teresa—. Tu padre hizo lo mejor para la familia.
—¿Para la familia o para Fernanda?
Rogelio golpeó la mesa.
—¡Basta! Desde hoy no vuelves a entrar. Regresa a tu cuartel, coronel. Esta casa ya no es tuya.
Durante años, ese tono había convertido a Mariana en la niña que se esforzaba por merecer una palabra de orgullo.
Esta vez no.
Guardó los documentos, miró las cajas apiladas en el pasillo y preguntó:
—¿Ya trajeron todas sus cosas?
Fernanda soltó una carcajada.
—Mañana llegan los camiones.
—Perfecto.
Mariana tomó la brújula de Daniel, se la colgó al cuello y salió sin discutir.
Rogelio sonrió, convencido de haberla vencido.
Lo que ninguno sabía era que, antes de cruzar la puerta, Mariana ya había enviado las copias a una fiscal especializada, había activado el respaldo oculto de las cámaras y había autorizado a un fideicomiso a bloquear cualquier intento de posesión.
A la mañana siguiente, 3 camiones de mudanza se estacionaron frente a la residencia.
Fernanda bajó de una camioneta blanca con un fotógrafo, un decorador y sus hijos vestidos para una sesión familiar.
Pero el portón no abrió.
Las llaves no sirvieron.
Y cuando Rogelio exigió que derribaran la entrada, 2 vehículos negros se detuvieron detrás de ellos.
De uno bajó una notaria.
Del otro, 4 agentes con una orden judicial.
