Mi padre me expulsó de la casa que compré con años de servicio… pero no sabía que cada firma falsa ya estaba registrada

PARTE 1

El general retirado Rogelio Ortega esperaba una escena.

Esperaba que su hija mayor, la coronel Mariana Ortega, gritara, llorara o le suplicara que no le quitara la residencia que ella había comprado después de 18 años de servicio.

Pero Mariana solo recorrió con la mirada el vestíbulo de mármol, la escalera de madera y el retrato de su esposo fallecido.

Luego asintió.

Ese silencio incomodó más a todos que cualquier amenaza.

3 semanas antes, Mariana había regresado de una comisión de seguridad en Sonora. Llevaba 2 noches durmiendo apenas 3 horas, el uniforme cubierto de polvo y una sola idea en la cabeza: llegar a su casa en Lomas de Chapultepec y descansar.

En cambio, encontró una fiesta.

Su padre brindaba en la terraza con Teresa, su segunda esposa. Su media hermana, Fernanda, daba órdenes a los empleados. Julián, el marido de Fernanda, medía el jardín mientras hablaba de construir una alberca.

Junto a la puerta había 17 maletas.

—Qué bueno que llegaste —dijo Rogelio, sin abrazarla—. Así evitamos malos entendidos.

Mariana miró a Fernanda.

—¿Qué está pasando?

Su padre señaló el uniforme.