Diego se acomodó nerviosamente el cuello de la camisa.
—Mira, Natalia, tu departamento está muy bien ubicado. Un asesor inmobiliario me dijo que podría valer casi cuatro millones de pesos.
—¿Y por qué hablaste con un asesor sobre una propiedad que no es tuya?
—Porque somos esposos.
—Eso no responde mi pregunta.
Mi suegra intervino con su acostumbrada superioridad.
—No seas dramática, muchacha. La idea era venderlo, comprar una casa más grande en las afueras y usar una parte del dinero para impulsar el negocio de Diego.
—¿Qué negocio?
Ninguno contestó.
—¿El de los audífonos que vendió una sola vez? ¿El restaurante que nunca abrió? ¿La aplicación para la que contrató diseñadores y después abandonó?
Diego apretó los dientes.
—Siempre minimizas mis proyectos.
—No los minimizo. Los he pagado.
Graciela cruzó los brazos.
—También habíamos pensado que yo podría vivir con ustedes. Una casa grande tendría espacio para todos.
Ahí estaba.
La verdadera intención.
Yo debía vender mi único patrimonio, financiar otra aventura de Diego, pagar su camioneta y aceptar que mi suegra se instalara permanentemente en mi casa.
Y todo sin que ninguno considerara necesario consultarme.
—¿Desde cuándo están planeando esto?
Diego tardó en responder.
—Unas semanas.
—¿Cuántas?
—Dos meses.
Sentí una punzada en el pecho.
Dos meses.
Durante ese tiempo habíamos desayunado juntos, visto películas y celebrado nuestro aniversario.
Él me besaba por las mañanas mientras calculaba cuánto dinero podría obtener de mi propiedad.
—¿El asesor sabe que el departamento está exclusivamente a mi nombre?
—Sí —respondió Diego—. Dijo que, si tú aceptabas vender, podía ayudarnos con todo.
Por lo menos no habían conseguido comprometer legalmente mi propiedad.
Pero el hecho de que lo hubieran intentado planear a mis espaldas me resultó insoportable.
