—¿Y qué iban a hacer si decía que no?
Mi suegra sonrió con desprecio.
—Convencerte. Para eso sirve hablar en familia.
Entonces comprendí por qué últimamente habían insistido tanto en que mi departamento era pequeño.
Por qué Diego criticaba el tráfico de la colonia.
Por qué Graciela repetía que una mujer sin hijos no necesitaba vivir en una zona tan cara.
Habían estado preparando el terreno.
—¿También por eso compraste la camioneta? —pregunté—. ¿Creías que cuando me contaras lo de la casa ya estaría dispuesta a pagar cualquier cosa?
Diego guardó silencio.
Su madre se apresuró a defenderlo.
—Mi hijo quería construir un futuro para todos.
—No. Querían construir su futuro con mi dinero.
El gerente regresó acompañado del mesero.
—Disculpen la interrupción, pero necesitamos concluir el pago.
La presencia de ambos pareció devolver a Diego a la realidad.
—Natalia, por favor. No tenemos catorce mil pesos disponibles.
—Entonces tendrán que encontrar una solución.
Graciela señaló mi bolso.
—¡Ahí tienes una tarjeta! ¡Sabemos que tienes dinero!
—Tengo dinero. Pero no es dinero que ustedes puedan gastar sin mi consentimiento.
El gerente explicó que podían dividir el importe entre diferentes medios de pago.
Diego llamó a un supuesto socio.
Nadie respondió.
Después llamó a un amigo, quien aparentemente le recordó un préstamo pendiente.
Su rostro se volvió todavía más rojo.
Finalmente miró a su madre.
—Mamá, usa tu tarjeta.
—¡No puedo!
—¡Tienes una tarjeta de crédito!
—¡Es para emergencias!
Por primera vez en aquella noche, sonreí sinceramente.
—Pues parece que ya tienen una emergencia.
Graciela me lanzó una mirada de odio.
Pero finalmente abrió su bolso, sacó una tarjeta dorada y se la entregó al mesero.
La operación fue aprobada.
Diego se quedó mirando el comprobante como si acabara de presenciar una tragedia.
—No puedo creer que hayas permitido que mi madre pagara tanto dinero.
Lo miré sin poder contener una risa amarga.
—Llevas tres años permitiendo que yo pague absolutamente todo. ¿Y una sola cena pagada por tu mamá te parece una injusticia?
No supo qué contestar.
Antes de salir, Graciela me lanzó su última amenaza.
—Una mujer que humilla así a su marido termina sola. Ya vendrás llorando cuando nadie quiera aguantarte.
Me acerqué lo suficiente para hablar sin levantar la voz.
