Mi madre gastó más de un millón de😥😥💖💕 pesos donados para la operación de mi hija en el banquete, los lujos y la luna de miel de mi hermano. “Es su boda, no seas egoísta”, me respondió cuando reclamé el dinero. Fui al salón con las pruebas, donde estaban reunidos muchos de los donantes. No levanté la voz, pero una sola pregunta hizo que la novia mirara a mi hermano con horror.
Participaron maestros, comerciantes, vecinos, familias enteras y hasta personas que nunca habíamos conocido.
El señor Arturo, dueño de varios autolavados, aportó 100 mil pesos.
Cuando alcanzamos la meta, mi madre publicó:
“¡LO LOGRAMOS! SOFÍA TENDRÁ SU OPERACIÓN. GRACIAS A TODOS”.
Yo lloré de felicidad.
Le entregué los datos bancarios del hospital y ella prometió hacer la transferencia.
Pero aquel sábado recibí una llamada de administración.
—Señora Catalina, todavía no hemos recibido el pago. Tenemos reservado el quirófano para el miércoles, pero si el martes no queda liquidada la cirugía, tendremos que liberar el espacio.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
Llamé inmediatamente a mi madre.
—Mamá, ¿dónde está el dinero?
—Ay, hija, estoy ocupadísima. Hoy se casa Diego. No empieces con tus problemas.
Mi hermano menor estaba celebrando una boda de lujo con Fernanda, la hija del señor Arturo.
Habían contratado el salón más caro de la región, un automóvil de lujo, música en vivo y un banquete para 150 invitados.
—Mamá, ¿hiciste la transferencia o no?
—Hay un problema con el banco. Después hablamos.
—¡Sofía puede perder su cirugía!
Entonces escuché sus palabras:
—Pues que espere el turno del hospital público. Otros niños esperan meses. No vas a echar a perder el día más importante de Diego.
Me colgó.
Intenté publicar un mensaje en el grupo de donativos pidiendo los comprobantes bancarios. Mi hermano borró la publicación dos veces y después me bloqueó.
Fue entonces cuando recordé el vestido carísimo que mi madre había comprado, el automóvil nuevo de Diego y los preparativos exagerados de aquella boda.
Sentí un escalofrío.
Le pedí a una enfermera que cuidara a Sofía durante mi ausencia, avisé al personal y tomé el primer autobús hacia nuestro pueblo.
Dos horas después entré al salón de fiestas.
Mi madre estaba sobre el escenario, vestida de dorado, levantando una copa frente a 150 invitados.
—¡Por mis hijos, porque una madre siempre lo sacrifica todo por ellos! —declaró emocionada.
Caminé hacia ella.
Cuando me vio, su sonrisa desapareció.
—Catalina, ¿qué haces aquí? —susurró.
—Vengo por el dinero de Sofía.
Mi madre me sujetó del brazo y me acercó a su rostro.