Mi madrastra creyó que podía lastimar a mi hija de 8 años porque yo llevaba cuatro meses fuera, cumpliendo una comisión militar. “No vuelvas por ella, está bien”, me ordenó después de que le fracturara dos dedos. Regresé sin avisar y recuperé un viejo teléfono que mi hija había escondido. Cuando escuché la grabación, comprendí que aquello apenas comenzaba. Advertisements
—Voy a solicitar una ampliación de licencia y un cambio de adscripción.
La mujer cerró la carpeta.
—Necesitamos una solución estable. Mientras tanto, habrá seguimiento del caso y medidas de protección.
Salí de allí entendiendo algo terrible: Beatriz estaba utilizando mi trabajo para intentar presentarme como una madre irresponsable.
Y todavía tenía otra ventaja.
Antes de marcharme a Chiapas, yo había firmado una autorización notarial para que mi padre y Beatriz pudieran hacer trámites escolares y médicos de Valentina.
No les concedía la patria potestad, pero Beatriz estaba utilizando aquel documento para hacer creer que podía decidir por mi hija.
Con ayuda de una abogada revocamos la autorización y notificamos a las instituciones correspondientes.
Aquella misma tarde recibí una llamada de mi superior.
—Hernández, llegó una queja contra usted. Una señora asegura que la agredió físicamente frente a su domicilio.
—No la toqué, mi sargento mayor.
—Entonces conserve la calma y documente todo. Ya iniciamos el trámite para ampliar su permiso por motivos familiares.
Agradecí sus palabras, aunque mi preocupación seguía creciendo.
Beatriz estaba dispuesta a destruir mi reputación con tal de quedarse con aquella casa.
Dos días antes de la visita del notario, recibí una llamada inesperada.
Era Iván.
—Mariana, necesitamos hablar. Pero no le digas nada a mi mamá.
Nos encontramos en una pequeña taquería a la salida de Atlixco.
Llegó con una gorra, ojeras profundas y una cortada debajo del ojo izquierdo.
No era el muchacho despreocupado que yo recordaba.
—Estoy metido en un problema muy grande —confesó.
Había pedido préstamos en varias financieras para invertir en un negocio de refacciones automotrices. Después utilizó más créditos para cubrir las primeras deudas.
Al final debía cerca de ochocientos mil pesos, contando intereses y penalizaciones.
Su camioneta también estaba financiada.
—Los cobradores ya saben dónde vivimos —dijo—. Mi mamá prometió que venderíamos la casa cuando mi papá firmara.
—Mi padre no es tu cajero automático.
—Él también me crió, Mariana.
—Precisamente por eso deberías sentir vergüenza.
Iván bajó los ojos.
Me explicó que Beatriz pretendía conseguir una escritura de donación a su favor. Después venderían la propiedad y utilizarían el dinero para liquidar los préstamos.
—Mi mamá dice que papá ya no entiende nada y que no va a recuperarse.
—Mi padre entiende perfectamente.
Iván guardó silencio.
Advertiserment
Entonces hice la pregunta que había estado evitando.
—¿Estabas en la casa cuando Beatriz lastimó a Valentina?