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Los niños estaban emocionadísimos y mis papás querían aprovechar el día.
—¿Y pensaban avisarme cuando llegaran?
Patricia soltó una pequeña risa.
—La verdad, se nos olvidó decirle.
Además, usted últimamente se cansa mucho.
Pensamos que estaría más cómoda descansando en casa.
Teresa miró la mesa del comedor, donde todavía estaban las servilletas navideñas que había comprado para todos.
—Yo pagué esas vacaciones, Patricia.
—Y se lo agradecemos muchísimo.
Pero no tiene que hacer un drama.
Usted siempre dice que lo más importante es que los niños sean felices.
Detrás de Patricia se escucharon risas.
Teresa reconoció la voz de Beatriz, la madre de su nuera.
—¿Ya le dijiste que no había espacio? —preguntó aquella mujer.
La línea quedó momentáneamente en silencio.
—¿Qué quiso decir tu mamá? —preguntó Teresa.
—Nada, suegra.
Luego hablamos.
Feliz Navidad.
Patricia colgó.
Teresa permaneció inmóvil.
Después fue al cuarto de lavado, donde la noche anterior había visto unos papeles junto a la basura.
Encontró una hoja arrugada con el logotipo del complejo turístico.
Era la distribución de las habitaciones.
La suite principal estaba asignada a Daniel y Patricia.
Las habitaciones restantes eran para los padres de Patricia, su hermana con su esposo y los 4 niños.
Había exactamente 10 huéspedes.
Teresa no aparecía en ninguna parte.
En una esquina encontró una anotación escrita con la letra de Patricia:
«No incluir a Teresa.
Dice Daniel que no hace falta explicarle».
La mujer sostuvo el papel con ambas manos.
Durante 4 años había permitido que Daniel, Patricia y sus 2 hijos vivieran gratuitamente en su casa.
Pagaba agua, electricidad, internet, supermercado y mantenimiento.
Había soportado incluso que los padres de Patricia llegaran sin avisar y ocuparan habitaciones durante semanas.
Siempre creyó que estaba ayudando a su familia.
Ahora comprendía que había financiado unas vacaciones diseñadas para dejarla fuera.
Subió a su estudio, abrió la computadora y localizó la reservación.
El contrato estaba exclusivamente a su nombre.
También la tarjeta utilizada para pagar.
Leyó las condiciones de cancelación.
El alojamiento permitía cancelar hasta las 8:00 de esa mañana, con devolución del 90% del anticipo.
Los servicios adicionales aún podían anularse.
Eran las 6:17.
Teresa hizo 3 movimientos: canceló la estancia, anuló las actividades y solicitó la devolución correspondiente.
Guardó los comprobantes.
Después llamó al administrador del complejo para confirmar que nadie pudiera reactivar la reservación usando su nombre.
A las 2:36 de la tarde, cuando estaba tomando café y leyendo junto a la ventana, recibió la primera llamada de Daniel.
No contestó.
Después llegaron otras 12.
Finalmente respondió.
—¡Mamá! ¡Estamos en recepción y dicen que no tenemos ninguna reservación!
Detrás de él, Patricia gritaba que exigieran hablar con el gerente.
—No hay reservación porque la cancelé —respondió Teresa.
—¿Cómo que la cancelaste? ¡Estamos aquí con los niños!
—Dime algo, Daniel. ¿Dónde iba a dormir yo?
Su hijo no respondió.
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