Skip to content
×
Tomó el teléfono y llamó a su madre.
—Mamá, ¿van a venir a conocer a Lucía?
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
—Ay, hija… estamos agotadísimos.
Valeria miró a la bebé dormida.
—Estoy a 2 habitaciones de ustedes.
—Es que Sofía tuvo un día muy complicado.
—Yo también acabo de dar a luz.
Entonces escuchó la voz de su padre al fondo.
—¡Dile que llevamos aquí desde la mañana!
Segundos después, Roberto tomó el teléfono.
—Valeria, tu madre y yo llevamos 9 horas sentados en unas sillas horribles. ¿Tienes idea de lo cansado que es esto?
Valeria cerró los ojos.
—Papá, acabo de tener una hija.
—Precisamente. Tú siempre has sabido resolver tus cosas. Sofía necesita más apoyo.
Aquella frase no era nueva.
Cuando Valeria consiguió una beca y pagó el resto de su universidad trabajando, era “la responsable”.
Cuando aceptó proyectos científicos fuera de México, era “la independiente”.
Cuando sus padres comenzaron a retrasarse con la hipoteca, también fue ella quien aceptó depositarles 18.000 pesos cada mes.
Llevaba casi 4 años haciéndolo.
Pero aquella tarde, ser “independiente” significaba que ni siquiera merecía una visita de 5 minutos.
—Entiendo —susurró.
Colgó.
Las lágrimas comenzaron a caerle sin ruido.
No quería flores.
No quería regalos.
Solo quería que su madre cargara a Lucía una vez.
Una enfermera llamada Patricia entró para revisar a la bebé.
Al ver las sillas vacías y el rostro de Valeria, bajó la voz.
—¿Todo bien?
—Sí. Solo estoy cansada.
Patricia miró hacia el pasillo.
—¿Su familia está en la habitación de su hermana?
Valeria asintió.
La enfermera no preguntó más.
Un rato después, Andrés salió por algo de cenar.
Tardó casi 40 minutos.
Continúa en la página siguiente.➡️