Tenía razón.
Pero aquella mañana no podíamos permitirnos perder tiempo.
Organizamos las dieciocho butacas en tres grupos.
Doce estaban terminadas.
Cuatro necesitaban ajustes menores.
Las últimas dos tenían daños profundos en la madera y requerían reforzar su estructura.
Trabajando sin descanso, podíamos entregar dieciséis para el viernes.
Las otras dos necesitarían más tiempo.
Llamé a Beatriz y le expliqué exactamente la situación.
—No voy a prometerle milagros —le dije—. Puedo garantizarle dieciséis butacas para la inauguración y las otras dos en un plazo que acordemos por escrito.
Hubo silencio.
—Eso debió decirme desde el principio, Teresa.
Sentí vergüenza.
Había estado tan acostumbrada a demostrar que podía con todo que me costaba reconocer mis límites.
—Tiene razón. Le ofrezco una disculpa.
Beatriz suspiró.
—Dieciséis son suficientes para abrir. Pero quiero revisar el trabajo personalmente.
Dos horas después llegó acompañada de Rogelio.
Mi marido entró con un portafolios y la seguridad de quien cree que todavía controla todas las puertas.
—Qué bueno que podemos resolver esto como adultos —anunció—. Teresa se ha dejado llevar por sus emociones.
Beatriz no le prestó atención.
Se acercó a una de las butacas y acarició la madera restaurada.
—Mi padre venía a este teatro cuando era joven —comentó—. Por eso no quise que tiraran estos muebles.
Señaló una pequeña marca sobre el descansabrazos.
—Esta raya la hice yo con un compás cuando era niña. Les pedí que no la quitaran.
—La conservamos —respondí.
Sonrió.
Después revisó las costuras y las uniones de las patas.
—Este trabajo está muy bien hecho.
Rogelio intervino rápidamente.
—Claro, gracias a que yo conseguí los materiales y organicé todo.
Beatriz abrió su carpeta.
—Señor Rogelio, necesito aclarar algo. ¿Por qué me entregó una autorización firmada por Teresa si ella asegura que nunca la firmó?
El rostro de mi esposo perdió color.
—Fue un malentendido administrativo.
—¿Administrativo? —pregunté—. ¿Copiar mi firma también fue un malentendido?
Rogelio me lanzó una mirada furiosa.
—No empieces con tus acusaciones.
Beatriz colocó el documento sobre la mesa.
—Hasta que esto se aclare, no autorizaré ningún cambio de proveedor. Mi contrato está con su negocio, señor Rogelio, pero quiero dejar asentado quién realizará el trabajo y cómo se entregará.
Mi marido guardó silencio.
Por primera vez, sus palabras no bastaban para resolverlo todo.
Redactamos un acuerdo complementario.
Dieciséis butacas serían entregadas el viernes. Las dos restantes tendrían una fecha posterior. Quedaron definidos el transporte, los pagos pendientes y la cantidad correspondiente al trabajo de Marta.
Rogelio tuvo que firmar.
Presionó tanto la pluma que rompió una esquina del papel.
Cuando Beatriz se marchó, me miró con desprecio.
—¿Ya estás contenta? Me hiciste quedar como un delincuente.
—Yo no fabriqué ese documento.
—¡Todo esto empezó porque decidiste hacerme quedar mal frente a mi jefe!
Respiré profundamente.
—Para ti empezó cuando dije que me iba. Para mí empezó mucho antes.
No respondió.
Se marchó dando un portazo.
Marta esperó unos segundos antes de hablar.
—¿Estás bien?
Miré las butacas.
—No. Pero todavía sabemos cómo arreglar estas cosas.
Tomé una lija y regresé al trabajo.
Aquella tarde recibí otra llamada.
Era Armando Salcedo.
Me informó que habían retirado el video de los canales internos de la empresa y hablado con quienes lo difundieron.
—No puedo controlar lo que las personas compartan en privado —aclaró—, pero no permitiré que un evento de nuestra compañía se utilice para humillar a alguien.
Le agradecí.
—No quiero que despidan a Rogelio por mí.
—Señora Teresa, las decisiones laborales me corresponden a mí. Usted no tiene que cargar con esa responsabilidad.
Antes de despedirse, añadió:
—El sillón que se subastó aquella noche, ¿usted lo restauró?
—Sí.
