Mi esposo se burló de mí frente a todos: “La regalo con todo y bolsa; total, ya se le venció la garantía”. Su jefe levantó la mano y yo solo dije: “Acepto”. Salí sin hacer un escándalo, mientras mi hijo seguía grabando. Al día siguiente apareció un video recortado que me convirtió en la culpable de todo. Lo peor era quién tenía la grabación original. Advertisements

Rogelio se enfureció.

—¡Yo conseguí este lugar! ¡Yo manejo los pagos!

—Y nosotras hacemos el trabajo —contesté—. Los clientes no pagan por tus promesas.

Cuando amenacé con llamar a la directora del teatro para explicarle lo que estaba ocurriendo, Rogelio lanzó las llaves sobre la mesa.

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—¡Trabajen entonces! ¡Pero el domingo se largan!

Aquella tarde recibí un video de Patricia.

Duraba apenas veintidós segundos.

Mostraba al señor Salcedo levantando la mano y a mí diciendo que aceptaba.

Habían eliminado la parte donde aclaraba que quería marcharme sola.

El título decía:

«Cuando una esposa hace cualquier cosa por conseguir un ascenso para su marido».

El video circulaba entre empleados y conocidos.

Patricia me llamó.

—Teresita, deberías pensar en la reputación de Rogelio. Los hombres tienen su orgullo.

—¿Y yo no tengo dignidad?

Colgó sin responder.

Llamé al señor Salcedo para solicitar que retiraran el video de los grupos de la empresa.

Escuchó lo sucedido y aceptó intervenir.

También se disculpó por haber dicho que se quedaba conmigo.

—Quise detener la humillación, señora Teresa, pero reconozco que elegí mal las palabras.

Fue la primera disculpa sincera que recibí.

El domingo fui por mi ropa a casa, acompañada de Marta.

Rogelio tenía preparada mi comida favorita y una declaración escrita que quería que publicara.

Decía que todo había sido una broma familiar malinterpretada.

—Escribe esto y podremos volver a ser felices —ordenó.

—No voy a mentir para protegerte.

Su expresión cambió.

—Entonces vas a conocer las consecuencias.

Me llevé mis pertenencias.

Al día siguiente, mientras trabajaba en las butacas, recibí una llamada de Beatriz Herrera, directora del teatro.

Su voz sonaba preocupada.

—Señora Teresa, su esposo acaba de informarme que usted abandonó el proyecto. Dice que debo recoger las dieciocho butacas sin terminar y cancelar el resto del pago.

Sentí que el piso desaparecía.

—Eso no es verdad.

—La inauguración es este viernes —respondió—. Necesito una solución hoy mismo.

Hizo una pausa y añadió algo que me dejó sin aliento:

—También me aseguró que usted ya autorizó entregar el trabajo a otro taller. ¿Es cierto que firmó ese permiso? Porque tengo una copia frente a mí.

PARTE 3

—Señora Beatriz, yo no he firmado absolutamente nada.

Mi voz salió tan débil que tuve que repetirlo.

—Entonces tenemos un problema muy serio, Teresa.

Le pedí que me enviara una fotografía del documento.

Cuando llegó, sentí náuseas.

Era una autorización para transferir el trabajo pendiente a otro proveedor. En la parte inferior aparecía mi nombre y una firma que parecía mía.

Pero reconocí inmediatamente aquella rúbrica.

La había puesto dos meses antes en un recibo de materiales.

Hasta conservaba una pequeña mancha de tinta azul junto a la última letra.

Rogelio había utilizado una copia de mi firma para simular que yo aceptaba entregar el proyecto.

Durante veintinueve años le había confiado documentos, cuentas y decisiones importantes.

Ahora utilizaba esa confianza para borrarme de mi propio trabajo.

—Necesito que venga al taller —le dije a Beatriz—. Quiero que vea personalmente lo que hemos terminado.

Marta me encontró sentada frente a la pantalla.

—¿Qué pasó?

Le mostré el documento.

Lo examinó sin decir una palabra.

Después se quitó los lentes.

—Teresa, esto ya no es una discusión matrimonial. Está utilizando tu nombre sin permiso.

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