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Había llegado acompañado de otro hombre para exigir su dinero.
Desde la entrada comenzó a reclamar los 2 millones 400 mil pesos y a amenazar a Iván si no cumplía.
Sofía les advirtió que no tenían autorización para entrar y que llamaríamos a la policía si continuaban amenazando.
Diego marcó al 911.
Héctor se retiró lanzando insultos.
Iván, desesperado, se volvió hacia mí.
—¡MIRA LO QUE HICISTE! ¡AHORA ME VAN A MATAR POR TU CULPA!
Dio un paso amenazante.
Diego se interpuso.
—No vas a volver a tocar a mi hermana.
Iván miró a sus tíos.
—¡Díganle que firme! ¡Es mi esposa! ¡Tiene que ayudarme!
Roberto negó lentamente con la cabeza.
—Una esposa no es una cuenta bancaria, Iván. Y mucho menos una mujer a la que puedes golpear para quitarle su dinero.
Teresa comenzó a llorar.
—Elena, por favor. Mi hijo está desesperado. No permitas que le hagan daño.
La observé.
Recordé cómo, días antes, me había visto arrastrándome por el suelo y había ordenado que me encerraran.
—Señora Teresa, cuando mi madre murió, yo también estaba desesperada. Le supliqué que me ayudara. Usted decidió proteger un negocio.
Mi suegra bajó la mirada.
—Me equivoqué…
—No fue un error. Fue una decisión.
Iván se dejó caer en el sofá.
—Elena, te prometo que voy a cambiar. Voy a dejar las apuestas. Voy a terminar con Karla. Haré lo que me pidas.
Por un instante recordé al muchacho que me había llevado serenata antes de casarnos.
Pero después recordé el cuarto oscuro.
Y las once llamadas que nunca contesté.
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