Mi esposo me golpeó y me encerró bajo las escaleras horas antes del funeral de mi madre. “Si ya murió, puedes esperar hasta mañana”, me dijo mientras mi suegra le daba la razón. No discutí más. Encontré un marro oxidado y rompí el cerrojo. Diez minutos después, él me rogaba que me calmara, sin imaginar lo que estaba a punto de descubrir sobre nuestra familia…
—No quiero que abandones a Karla para volver conmigo —respondí—. Quiero que asumas tus responsabilidades sin utilizarme otra vez.
Cuando llegaron los policías, explicamos las amenazas del prestamista y los hechos ocurridos durante la reunión. Sofía proporcionó los datos de la denuncia de violencia familiar ya presentada.
Iván tuvo que responder ante las autoridades.
Yo salí de aquel departamento acompañada de Diego, con dos maletas y el retrato de mamá.
No miré atrás.
Los siguientes meses fueron difíciles.
El divorcio no ocurrió de un día para otro. Hubo audiencias, declaraciones, revisión de documentos y noches en las que despertaba sobresaltada creyendo escuchar nuevamente aquel cerrojo.
Pero esta vez no estaba sola.
La Fiscalía continuó investigando las agresiones y el encierro. Iván enfrentó un proceso penal por violencia familiar y otros hechos denunciados.
En el procedimiento patrimonial quedó reconocida mi participación del 80 por ciento en el departamento. Finalmente acordamos venderlo de manera formal, con asesoría legal, respetando los derechos de ambos.
Yo conservé el dinero correspondiente a mi propiedad.
Las deudas de apuestas que Iván había contraído por su cuenta no se convirtieron en una obligación mía.
Diego y yo también iniciamos la sucesión de mamá y protegimos el terreno para conservar nuestra parte de la herencia.
Karla terminó alejándose de Iván cuando conoció la verdadera situación económica. No sé qué ocurrió después entre ellos. Su hijo no tenía ninguna culpa de las decisiones de sus padres.
Teresa perdió la confianza de buena parte de sus familiares. Mis tíos políticos dejaron de justificar las acciones de su sobrino y se negaron a seguir prestándole dinero.
Un año después de aquella madrugada, compré una casa pequeña cerca de Atlixco.
Tenía un patio con suficiente espacio para plantar rosales.