Mi esposo levantó su copa frente a 14 familiares y dijo: “Ojalá nunca me hubiera casado contigo”. Después de 15 años juntos, todos se rieron. Yo solo respondí: “Entonces te concedo el deseo”, tomé mi bolso y me fui. Antes del amanecer llamé al abogado que tenía en sus manos el préstamo de 2,800,000 pesos que sostenía su empresa.

Se limpió una lágrima.

—Durante 3 años dije orgullosamente que mi hijo pagaba mi residencia.

Él jamás me corrigió.

—No.

—Y yo nunca te pregunté.

Aquella disculpa fue sincera.

Pero lo que ocurrió al día siguiente fue mucho más difícil.

Gabriel apareció frente a la casa de mi padre con una carpeta negra.

Había adelgazado.

Llevaba la camisa arrugada y parecía no haber dormido.

—Tenemos que hablar de nuestro matrimonio —dijo.

Lo dejé entrar.

Colocó la carpeta sobre la mesa.

—Cancelé la ampliación.

Vendí una camioneta de la empresa.

Bajé mi sueldo a la mitad.

Puedo pagar la nómina sin tu dinero.

—Me alegra.

—Pero quiero saber algo.

—Dime.

Abrió la carpeta.

Dentro había copias de nuestros documentos patrimoniales.

—¿Es cierto que consultaste a una abogada familiar?

No bajé la mirada.

—Sí.

—¿Vas a divorciarte?

Respiré despacio.

—Todavía no lo he decidido.

Su rostro se endureció.

—Después de 15 años, ¿vas a terminar nuestro matrimonio por una broma?

Lo miré directamente.

—Entonces explícamela, Gabriel.

Dime exactamente qué parte debía causarme gracia.

Y por primera vez desde aquella cena, mi esposo no encontró ninguna palabra con la que defenderse.

Parte 3

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