Mi esposo insistió durante semanas en que interrumpiera mi embarazo y finalmente me dejó sola esperando en una clínica. “Después tendremos otro hijo”, prometió. A las 11:20 pregunté la hora a la joven sentada junto a mí. Al reconocer su cara, sentí que me faltaba el aire. Ella aparecía en una foto secreta de mi marido, pero lo que llevaba en su carpeta era aún más inquietante. Advertisements
Cinco meses después, Elena dio a luz a un niño sano al que llamó Mateo.
Su madre había llegado desde Puebla para acompañarla.
Cuando entré a conocerlo, Elena estaba agotada, despeinada y sonriendo.
—Míralo, Mariana. Tiene mis ojos.
Me acerqué a la cuna.
El bebé dormía tranquilamente, con las manitas junto al rostro.
—Es precioso.
Elena me abrazó.
—Si no te hubiera conocido aquel día, mi vida sería completamente diferente.
Le apreté la mano.
—La mía también.
Un mes después llegó mi turno.
Una madrugada comenzaron las contracciones.
Llamé a Valeria.
Contestó inmediatamente.
—Voy para allá.
Me acompañó al hospital mientras Elena se quedaba pendiente del teléfono.
Fueron horas largas y difíciles.
Hubo momentos en que tuve miedo y otros en que pensé que no soportaría el cansancio.
Pero cuando escuché el primer llanto de mi hija, todo lo demás desapareció.
—Felicidades, mamá. Es una niña hermosa.
Me la colocaron cuidadosamente entre los brazos.
Tenía el cabello oscuro y una expresión tranquila.
La miré durante varios segundos, incapaz de hablar.
—Hola, Lucía —susurré finalmente—. Soy tu mamá.
La llamé así por mi madre.
Era mi manera de mantenerla cerca.
Elena llegó al día siguiente con flores. Valeria llevaba una bolsa con artículos para el bebé y comida para mí.
Las tres nos abrazamos.
Pensé en cómo habíamos empezado: una esposa engañada, una joven enamorada del hombre equivocado y una mujer que casi comprometía su patrimonio por una promesa falsa.
Ahora estábamos juntas celebrando dos nuevas vidas.
Los primeros meses de maternidad no fueron fáciles.
Hubo noches sin dormir, gastos inesperados y momentos en que me sentía completamente agotada.
A veces lloraba porque extrañaba a mi madre.
Otras veces tenía miedo de no estar haciendo las cosas bien.
Elena me ayudaba cuando podía. Valeria se ofrecía a traer comida o acompañarme a consultas. La madre de Elena también me trataba como a una hija.
Ninguna tenía una vida perfecta.
Pero cuando una necesitaba ayuda, las otras respondían.
Un año después, Diego se mudó a otra ciudad por motivos de trabajo.
Continuó cumpliendo las obligaciones económicas establecidas, aunque su relación con los niños fue distante.
Valeria siguió viviendo en su departamento, sin haber comprometido su propiedad.
Tiempo después conoció a un arquitecto llamado Andrés, un hombre tranquilo que respetaba sus decisiones y no tenía ningún interés en manejar su dinero.
Elena volvió a trabajar y consiguió un departamento cerca del mío.
Mateo y Lucía crecieron viéndose casi todas las semanas.
Cuando cumplió dos años, mi hija comenzó a llamarlas tía Elena y tía Valeria.
Una tarde de domingo nos reunimos en casa de Valeria.
Los niños jugaban sobre una alfombra mientras nosotras tomábamos café.
Afuera comenzaba a llover.
Era una lluvia suave, parecida a la de aquella mañana en la clínica.
—¿Se acuerdan de cómo nos conocimos? —preguntó Elena.