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Mi experiencia como contadora me permitió conseguir un puesto mejor remunerado en una distribuidora de equipo médico.
El primer día que recibí mi nuevo sueldo, compré una maceta de flores blancas y la puse junto a la ventana.
Mi madre siempre decía que una casa empezaba a sentirse como hogar cuando había algo vivo creciendo dentro.
Acaricié mi vientre y sonreí.
Ya tenía dos cosas creciendo.
Una flor y una esperanza.
Un mes después quedó formalizado mi divorcio.
Diego asistió a la cita con el rostro cansado.
Parecía haber envejecido varios años.
Mientras esperábamos, se sentó a mi lado.
—Mariana, perdóname.
No dije nada.
—Perdí a Valeria, Elena ya no quiere verme y en el trabajo todos hablan de mí.
Lo observé.
—¿Eso es lo que más te duele?
Frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que hablas de lo que perdiste, pero no de lo que hiciste.
Bajó la cabeza.
—Sé que fui un idiota.
—Fuiste cruel, Diego. Nos hiciste sentir que nuestras vidas estorbaban a tus planes.
Guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Todavía vas a tener al bebé?
Me sorprendió que necesitara preguntarlo.
—Sí.
—¿Y qué esperas de mí?
—Que cumplas tus responsabilidades. No te estoy pidiendo que regreses.
Aquella fue nuestra última conversación personal.
Con el tiempo, mediante los procedimientos legales correspondientes, se establecieron las obligaciones de manutención para nuestros hijos.
Diego había perdido la comodidad de fingir que sus decisiones no tenían consecuencias.
Aun así, no sentí alegría al verlo derrotado.
La justicia no me devolvía los años de confianza ni borraba las noches en que había llorado.
Pero me permitía avanzar.
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