Mi abuelo vio la casa de lámina donde vivíamos y preguntó por la mansión de 28 millones que mi esposo ocultó

PARTE 1

Don Julián Robles bajó de su camioneta blindada y observó la calle sin pavimentar, los cables colgando y la vivienda de tabique donde su nieta lavaba ropa en una cubeta. El techo de lámina vibraba y, detrás de una cortina, un niño tosía.

Renata se paralizó al verlo.

Hacía casi 3 años que no veía a su abuelo. Esteban Larios, su esposo, le repetía que el anciano la había borrado de su vida por casarse “con alguien sin apellido”.

—¿Por qué estás viviendo aquí? —preguntó él.

Renata miró la estufa de una hornilla, el refrigerador desconectado y el colchón donde dormía con Emiliano, su hijo de 5 años.

—Esteban trabaja fuera. Dice que estamos pasando una etapa difícil.

Don Julián frunció el ceño.

—¿Difícil? Yo compré para ti una casa de 28 millones en Puerta de Hierro. Esteban recibió las llaves cuando saliste del hospital.

La cubeta se le resbaló de las manos.

Tras un parto complicado, Esteban se encargó de “todos los trámites”. Después aseguró que el negocio del abuelo estaba quebrando y que debían irse a Tonalá mientras él trabajaba en León.

Ella le creyó.

Vendió sus aretes, abandonó la licenciatura y aprendió a estirar 300 pesos durante días. Algunas noches cenaba café para que Emiliano pudiera comer.

Don Julián sacó una tarjeta de su saco y anotó una dirección.

—No le avises. Ve mañana. Mira primero y después decides en quién creer.

Aquella noche Esteban hizo su videollamada habitual.

Apareció con una playera manchada y dijo estar agotado por trabajar entre cemento. Renata casi dudó, hasta que una lámpara de cristal apareció reflejada en el ventanal.

También llevaba un reloj que costaba más que todo lo que ella tenía.

—¿Dónde estás? —preguntó Renata.

—En el departamento de los ingenieros. No empieces con tus dramas.

Al intentar silenciar el micrófono, Esteban cambió la cámara. Durante 2 segundos se vio una mesa de mármol, una botella de champaña y una mujer con vestido rojo. En su muñeca brillaba un brazalete con 7 esmeraldas.

Renata conocía esa joya.

Había pertenecido a su madre, fallecida cuando ella tenía 19 años. Esteban juró que unos ladrones se la llevaron durante una mudanza.

La llamada terminó.

Renata no lloró. Guardó documentos, ropa para Emiliano y la tarjeta de Don Julián. A la mañana siguiente tomó 2 camiones y pidió un taxi para llegar a la dirección.

La residencia tenía fuente, jardín y ventanales enormes.

Cuando se acercó al portón, una camioneta blanca salió lentamente. Esteban iba atrás, con traje azul y lentes oscuros. Junto a él estaba la mujer del vestido rojo, recargada en su hombro. Enfrente, doña Mercedes, madre de Esteban, reía mientras sostenía una copa.

La joven bajó el vidrio y miró a Renata de arriba abajo.

—Guardia, quite a esa señora. Hoy anunciamos nuestro compromiso y no quiero limosneros en las fotos.

Esteban giró la cabeza.

Vio a su esposa, vio a su hijo y, sin bajar del vehículo, besó a la otra mujer.

Luego ordenó al chofer que avanzara.

Renata apretó la mano de Emiliano mientras el portón volvía a cerrarse, sin imaginar que dentro de aquella casa la estaban preparando para cargar con un fraude de 28 millones.