PARTE 2
Renata esperó cerca de la entrada hasta que llegó una camioneta de banquetes. Cuando los trabajadores abrieron el portón para meter cajas, caminó detrás de ellos con Emiliano pegado a su falda.
En el jardín había músicos, arreglos blancos y una mesa para casi 50 invitados. Sobre una pantalla aparecían fotografías de Esteban y la mujer del vestido rojo viajando por París, Cancún y Nueva York.
Su nombre era Paulina Vélez.
Las fechas demostraban que la relación llevaba más de 2 años, justo cuando Renata contaba monedas para comprar leche.
Desde el comedor se escucharon risas.
Renata se acercó sin hacer ruido. Esteban, Paulina y doña Mercedes brindaban frente a una maqueta de la residencia. Sobre la mesa estaban las escrituras, varios poderes notariales y una carpeta con el nombre de Renata.
—Después del anuncio —dijo Mercedes—, vendemos la casa y movemos lo demás a la cuenta de Panamá.
Paulina levantó su copa.
—¿Y si la esposa aparece?
Esteban soltó una carcajada.
—No tiene dinero ni para cruzar la ciudad. Además, ya firmó la renuncia al fideicomiso.
—Ella no leyó nada —aclaró Mercedes—. Le dijimos que eran papeles del seguro de su parto. Neta, esa muchacha firma cualquier cosa cuando está asustada.
Renata activó la grabadora de su teléfono.
—¿También firmé que podían dejar a mi hijo pasando hambre?
Los 3 voltearon.
Emiliano corrió hacia Esteban.
—Papá.
Esteban dio un paso atrás. No lo abrazó. Ni siquiera pronunció su nombre.
Paulina se acomodó el brazalete de esmeraldas y sonrió con descaro.
—Ya que entraste, entiende de una vez: Esteban está conmigo. Esta casa también. Tú fuiste una etapa que se le salió de control.
Renata fijó los ojos en la joya.
—Eso era de mi mamá.
—Pues ahora lo usa alguien que sí sabe combinarlo —respondió Paulina.
Esteban dejó de fingir.
Admitió que nunca trabajó en León. Como director de una distribuidora médica, usó poderes limitados para contratar proveedores falsos y mover dinero mediante 4 prestanombres.
La casa había sido comprada para Renata, pero Esteban se instaló con su madre y con Paulina. A Renata la mandó a Tonalá para mantenerla lejos del abuelo y hacerla depender de depósitos mínimos.
—Tú aceptaste vivir allá —dijo—. Nadie te puso una pistola.
—Me escondiste mis documentos, bloqueaste a mi familia y amenazaste con quitarme a Emiliano.
—No puedes probar nada.
Renata levantó el teléfono.
—Acabas de probarlo tú, güey.
Esteban se lanzó para arrebatárselo. Mercedes alcanzó a golpear a Renata en la cara, mientras Paulina tiraba una copa al suelo y gritaba por seguridad.
Nadie apareció.
Las puertas automáticas se bloquearon.
Las persianas bajaron y las luces del comedor se apagaron. En la pantalla de las fotografías surgió la imagen de Don Julián acompañado por 2 abogados y una agente de la fiscalía.
—Buenas tardes —dijo el anciano—. Gracias por confesar lo que llevamos meses investigando.
Esteban tomó un poder notarial.
—Tengo autorización para administrar el grupo. Usted no puede tocarme.
Don Julián mostró otro documento.
—Tu poder fue revocado hace 8 meses. Desde entonces seguimos cada transferencia. La casa pertenece al fideicomiso de Renata y Emiliano. Tú solo eras el encargado de entregarles las llaves.
Paulina soltó la mano de Esteban.
Afuera comenzaron a escucharse sirenas.
La agente enumeró las investigaciones abiertas: administración fraudulenta, falsificación, violencia patrimonial, uso de documentos alterados y operaciones con recursos de origen ilícito.
Esteban palideció.
Pero Don Julián aún no terminaba.
—Y quien nos entregó los primeros archivos estuvo viviendo bajo este techo.
La puerta de servicio se abrió.
Entró Mónica, hermana menor de Esteban.
Renata la reconoció de inmediato. Durante años, Mónica le enviaba mensajes crueles diciendo que Don Julián la despreciaba y que Esteban se sacrificaba por ella. Ahora llevaba una computadora, 3 memorias y una caja con documentos originales.
Mercedes casi perdió el equilibrio.
—Tú eres mi hija.
—Precisamente por eso sé todo lo que hiciste —respondió Mónica.
Mónica admitió que al principio participó. Su madre le aseguró que la familia Robles les debía una vida mejor, y ella aceptó regalos y un puesto inventado.
Todo cambió al encontrar identificaciones de Renata, recetas de Emiliano y hojas firmadas en blanco.
También escuchó a su madre ordenar que redujeran los depósitos para que Renata, desesperada, firmara lo que faltaba.
Renata abrazó a Emiliano.
Mónica siguió hablando. Esteban y Mercedes preparaban una auditoría falsa para culpar a Renata de los 28 millones desviados. Habían clonado una firma, creado correos a su nombre y planeaban afirmar que ella gastó el dinero mientras atravesaba una “crisis emocional”.
Paulina conocía el plan.
Un video mostraba a Paulina guardando contratos en una maleta. También usó una tarjeta de una fundación infantil para pagar hoteles y la fiesta.
—¡Ella me dijo que era legal! —gritó Paulina, señalando a Mercedes.
—No te hagas —respondió Mónica—. Tú elegiste hasta la cuenta donde iban a esconder el dinero.
Mercedes cambió de estrategia.
Se arrodilló frente a Renata y comenzó a llorar.
—Hija, piensa en Emiliano. Esteban es su padre. Si lo meten a prisión, el niño crecerá señalado.
