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—Igual que tú. ¿Por qué?
—Porque los 2 le pagaron a Russell.
Su sonrisa desapareció.
—Garrett, estás sacando conclusiones peligrosas.
—Eso mismo me dijo Megan.
Y no la escuché.
Salí antes de que pudiera inventar otra explicación.
Había comprendido algo desagradable sobre mí mismo.
Cuando me enojaba, dejaba de escuchar.
Esta vez necesitaba escuchar incluso aquello que me hiciera sentir vergüenza.
A la mañana siguiente intenté localizar a Megan.
Ningún refugio quiso proporcionarme su dirección.
Tampoco el hospital infantil donde, según el informe, habían atendido a Hazel.
Al principio me irritó que se negaran.
Después entendí que estaban protegiendo a una madre de un hombre con suficientes recursos para intimidarla.
No insistí.
Tammy, una trabajadora de un centro comunitario que conocía a Megan, aceptó transmitirle un mensaje.
Le expliqué que había confirmado que las pruebas utilizadas durante nuestro divorcio eran falsas y que no aparecería sin su consentimiento.
Dos días después, Tammy me comunicó la hora y el lugar de nuestro encuentro.
Un parque de Monterrey.
Megan llegó empujando una carriola prestada.
Uno de los bebés intentaba quitarle el calcetín al otro.
Había preparado disculpas, preguntas y explicaciones.
Las olvidé todas cuando los vi.
—Mason es el que está jalando el calcetín —dijo Megan—.
Bryce es el que se está enojando.
Me costó pronunciar la pregunta.
—¿Son míos?
Sus manos se apretaron alrededor del manubrio.
—Nunca estuve con otro hombre, Garrett.
Si necesitas una prueba legal, hazte la que corresponda.
Pero no volveré a suplicarte que me creas.
Me explicó que tenía 10 semanas de embarazo cuando la expulsé.
Aquella noche había intentado contarme que esperaba un bebé.
Todavía no sabía que eran 3.
Lo descubrió meses después, durante una revisión prenatal.
Trabajó desde una computadora prestada hasta que una complicación la obligó a guardar reposo.
Los bebés nacieron antes de tiempo.
—Te llamé cuando Hazel entró a cirugía —dijo—.
Dos veces.
En tu oficina me dijeron que no querías recibir noticias mías.
Recordé cómo Tiffany administraba mi agenda y decidía quién podía comunicarse conmigo.
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