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—Nunca recibí esas llamadas.
—Ahora lo sé.
En aquel momento pensé que habías decidido ignorarnos.
Hazel había nacido con una cardiopatía congénita.
La operaron en Monterrey y todavía necesitaba vigilancia especializada.
Temporalmente estaba viviendo cerca del hospital con Gladys, una enfermera jubilada que colaboraba con un programa de apoyo familiar.
Megan seguía siendo su madre y tomaba todas las decisiones médicas.
Pero debía viajar constantemente para atender también a los gemelos.
—Puedo pagar el tratamiento, una casa, todo lo que necesiten.
—El tratamiento está cubierto.
—¿Por quién?
Megan sostuvo mi mirada.
—Por tu abuela.
Antes de casarnos, Megan había trabajado como auditora.
Mi abuela Josephine le pidió que revisara las cuentas de una fundación familiar destinada a financiar becas y atención médica infantil.
Durante la revisión, Megan encontró facturas recurrentes por supuestas asesorías que nadie podía justificar.
Cuando solicitó los contratos correspondientes, Walter dejó de responderle.
Tres semanas después aparecieron las fotografías del hotel.
Yo sabía que Megan había revisado aquellas cuentas.
Nunca relacioné ambas cosas.
Entonces recordé algo más.
Mi abuela había muerto 4 meses atrás.
Poco antes de fallecer, me pidió 3 veces que la visitara para hablar de Megan.
Siempre pospuse aquellas visitas.
Tiffany decía que remover el pasado solamente nos haría daño.
—Tu abuela me buscó cuando estaba embarazada —continuó Megan—.
Nunca creyó que hubiera robado el collar.
Me ayudó a conseguir atención médica y creó un fideicomiso para Hazel.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Lo intentó, Garrett.
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