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Rodrigo apareció cargando un costal de alimento para las gallinas.
—Su hija está muy bien cuidada, suegrita.
Lo dijo con aquella sonrisa encantadora que había logrado conquistarme.
De regreso, dentro del automóvil, me preguntó:
—No les contaste lo de la cachetada, ¿verdad?
—No.
—Qué bueno.
Los problemas de matrimonio se quedan en casa.
Comprendí cuánto dependía de mi silencio.
Días después fui a Querétaro para recoger algunas pertenencias y aproveché para visitar a Lucía, mi mejor amiga, quien trabajaba en recursos humanos.
Le mostré las fotografías de mi labio.
Cuando terminé de contarle todo, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Valeria, esto es violencia.
Puedes quedarte conmigo desde hoy.
—Necesito recuperar mis documentos y mis cosas.
—Entonces vamos a preparar tu salida.
Pero si vuelve a amenazarte, te sales inmediatamente.
Me ayudó a respaldar las fotografías, cambiar contraseñas y guardar copias de mis identificaciones.
También me recomendó no confrontar a Rodrigo mientras estuviera sola.
Volví a aquella casa con una maleta preparada y un plan.
En secreto compré una mesa plegable de 650 pesos y la instalé en un pequeño cuarto de servicio que ya no utilizaban.
Una noche Daniela, mi cuñada de 22 años, me encontró estudiando.
—Perdóname por no defenderte cuando mi hermano te pegó.
Su voz temblaba.
—No eres responsable de lo que hizo Rodrigo —respondí—.
Pero nunca permitas que te traten así.
Desde entonces empezó a ayudarme con algunas tareas.
Tres semanas después, Rodrigo llegó borracho de una reunión.
Me encontró resolviendo ejercicios de contabilidad.
—¿Todavía jugando a ser contadora?
No respondí.
Me agarró de la muñeca.
—¿Sabes qué, Valeria?
Yo ni siquiera quería casarme.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—Porque mi mamá te escogió.
Mis otras novias exigían demasiado.
Disimuladamente activé la grabadora de mi celular.
—¿Tu mamá me escogió?
Rodrigo soltó una carcajada.
—Ella dijo que una mujer pobre iba a agradecer cualquier cosa.
Una casa bonita, un marido con trabajo y comida todos los días.
—¿Eso era lo que buscaban?
Se inclinó hacia mí.
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