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Tú me provocaste.
—Me abriste el labio.
—Pues aprende a controlar tu boca.
Se acostó y se quedó dormido como si nada hubiera sucedido.
Yo permanecí despierta.
Cerca de la medianoche escuché a Beatriz hablando por teléfono en el pasillo.
—No te preocupes.
Rodrigo ya le puso un alto.
La muchacha apenas está aprendiendo.
Después soltó una carcajada.
—En cuanto le saquemos sus ahorros, ya no tendrá ni para regresarse con sus padres.
Sentí un frío terrible.
Mis ahorros.
¿Cómo sabía mi suegra cuánto dinero tenía?
Entonces escuché otra voz detrás de la puerta.
Era Rodrigo.
—Mamá, todavía no le digas nada de los 210,000 pesos.
Primero hay que hacer que firme lo del local.
Me quedé paralizada.
Porque acababa de descubrir que mi esposo y mi suegra habían hecho planes con mi dinero antes de que yo siquiera me pusiera el vestido de novia.
Parte 2: A la mañana siguiente, Beatriz tocó nuestra puerta a las 5:30.
—¡Levántate, Valeria!
Aquí nadie mantiene flojas.
Desde ese día mi vida se convirtió en una rutina de trabajo interminable.
Preparaba desayunos, lavaba ropa, trapeaba 3 pisos y atendía a los invitados de mi suegra.
Beatriz incluso me prohibió utilizar la lavadora para las camisas de Rodrigo.
—Si las quieres dejar bien, lávalas a mano.
Mis dedos comenzaron a agrietarse por el detergente.
Rodrigo presenciaba todo sin intervenir.
Pero había algo que ellos ignoraban.
Antes de casarme había cursado varios semestres de contabilidad.
Me faltaba concluir una capacitación técnica en nóminas, conciliaciones bancarias y facturación electrónica para mejorar mis oportunidades laborales.
Decidí inscribirme en un programa nocturno.
Cuando pedí colocar un escritorio pequeño en nuestra habitación, Beatriz se rio.
—¿Para qué quieres estudiar?
Ya tienes marido.
Mejor aprende a cocinar.
Me señaló un tocador estrecho.
—Ahí te cabe tu computadora.
Durante semanas estudié encorvada, con la laptop sobre las rodillas y mis cuadernos amontonados.
Dormía apenas 4 horas.
Un domingo visitamos a mis padres.
Mi madre me abrazó y examinó mi rostro.
—Hija, estás muy flaquita. ¿Qué te pasó en la boca?
—Me mordí comiendo, mamá.
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