Estas palabras se convirtieron en la primera pista real de Andrei. Fue a los archivos, examinó minuciosamente documentos antiguos y listas de trabajadores del transporte de madera en balsa, pero durante mucho tiempo no encontró nada. Sin embargo, la búsqueda le obligó a verse a sí mismo de otra manera. Siempre había sido diferente del hombre al que consideraba su padre: alto, rubio, silencioso. Ahora, todo empezaba a tener sentido.
Un mes después, un viejo guarda forestal, que recordaba aquellos tiempos, echó un vistazo a la fotografía e inmediatamente reconoció al hombre.
«Este es Nikolai Vetrov. Era un buen hombre. Quería mucho a tu madre. Pero ella se casó con otro, y él se fue al norte».
Unos meses después, el archivo lo confirmó: Nikolai Vetrov vivía en Pechora, trabajaba en la tala de árboles, no tenía hijos y falleció en 1993.
Andrei fue a su tumba. Al ver la fotografía en el monumento, se le encogió el corazón. Un hombre con los mismos ojos, pómulos y rasgos faciales lo miraba fijamente. Era como si se viera a sí mismo.
Andrei se sentó en la nieve y lloró por primera vez en muchos años.
«Hola, padre», dijo en voz baja.
Al regresar a casa, comprendió lo más importante: el padre que lo había criado siempre sería su verdadero padre. Pero ahora otra persona había entrado en su vida: quien le había dado la vida. Su madre no tuvo tiempo de terminar sus últimas palabras, pero incluso eso bastó para que su hijo, sesenta años después, encontrara otra parte de sí mismo
