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Su respiración cambió.
—¿Qué estabas intentando hacer, Dominic?
Durante unos segundos guardó silencio.
Después desapareció el hombre leal que yo había conocido durante una década.
Lo que apareció debajo fue resentimiento.
—Te volviste débil.
Parte 3
—¿Débil?
Dominic soltó una risa amarga.
—Llevas años desmantelándolo todo.
Vendiendo operaciones.
Cortando acuerdos.
Sacando gente.
Tu padre construyó algo que todos temían y tú estás destruyéndolo.
Ahí entendí.
Durante 18 meses yo había ido limpiando discretamente mis empresas.
Vendía negocios ligados a viejas operaciones ilegales, cerraba estructuras de efectivo y separaba lo legítimo de lo que había heredado de mi padre.
No era una conversión milagrosa.
Estaba cansado.
De funerales.
De hombres que envejecían vigilando puertas.
De creer que 20 hombres armados podían protegerme de todo cuando ninguno había podido salvar a Isabel del cáncer.
Dominic dependía de las operaciones que yo estaba cerrando.
Si yo seguía vivo, perdería poder.
Si moría, él controlaba la seguridad, la información interna y los accesos.
Creía que se volvería indispensable.
—Querías mi lugar.
No respondió.
No necesitaba hacerlo.
Yo ya había llamado a las autoridades.
Cuando las sirenas comenzaron a acercarse, Dominic me miró casi ofendido.
—¿Llamaste a la policía?
—Sí.
—Tu padre se avergonzaría de ti.
Pensé en el hombre que llevaba 18 años muerto.
—Estoy cansado de permitir que los muertos tomen decisiones por mí.
La Policía de Investigación llegó poco después.
Entregué las muestras del té, los registros de acceso, el reloj, la declaración de Rosa y el dibujo de Lili.
Dominic salió esposado.
Al pasar junto a ella, Lili levantó la mano.
—Mal guardaespaldas.
Tuve que cubrirme la boca.
Cuando se fueron, Rosa seguía sosteniendo su maleta.
Me acerqué.
—Rosa.
Me miró sin ninguna calidez.
—Lo siento.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te acusé.
Te despedí.
Ignoré a Lili.
—Sí.
Tragué saliva.
—Me equivoqué.
Me agaché frente a la niña.
—Guardaespaldas, ¿por qué regresaste?
Frunció el ceño, como si la respuesta fuera obvia.
—Para salvarte.
—¿Por qué?
—Porque nunca le gritas a mi mamá.
Luego añadió:
—Y porque guardas mis dibujos.
Me quedé inmóvil.
Yo había colocado varios debajo del cristal de mi escritorio.
Creía que nadie lo sabía.
Lili sabía incluso que los apartaba cada vez que Rosa limpiaba para que no se mojaran.
Aquella niña acababa de salvarme la vida porque yo no había tirado unos dibujos hechos con crayones.
—Gracias —logré decir.
Ella tocó mi manga.
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