Adrián tragó saliva.
—En el video aparecía alguien relacionado con la familia de tu madre.
Elena sintió un escalofrío.
—Eso es absurdo.
—Lo sé ahora. El video estaba manipulado.
—Pero no lo sabías cuando firmaste el divorcio.
—No.
La mirada de Elena se endureció.
—Entonces sospechaste que mi familia estaba relacionada con el peor momento de tu vida y decidiste sacarme del camino sin decirme nada.
—Quería protegerte mientras investigaba.
—Yo era tu esposa.
—Precisamente.
—No, Adrián. Precisamente por eso debiste confiar en mí.
Él bajó la cabeza.
—Cometí un error.
—Tomaste una decisión.
Adrián respiró profundamente.
—Cuando firmaste sin reclamar… perdí el control.
—Me di cuenta.
—Creí que discutirías. Que me pedirías tiempo.
Elena lo miró incrédula.
—¿Querías que te suplicara?
—Quería una señal de que perderme te dolía.
Los ojos de Elena finalmente se llenaron de lágrimas.
—Me dolía demasiado para humillarme.
Adrián permaneció inmóvil.
—Durante 3 años aprendí tus horarios, soporté tus silencios, defendí tu nombre y acepté migajas porque creía que algún día ibas a mirarme como tu esposa.
Su voz comenzó a temblar.
—Cuando quedé embarazada pensé que tal vez por fin seríamos una familia. Y el día que otra mujer apareció, me entregaste un divorcio.
—No fue por ella.
—Ya no importa.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Siempre decidiste por mí. Decidiste cuándo casarnos, qué debía saber, cuándo debía marcharme. Y ahora quieres decidir qué hago con mi embarazo.
Adrián levantó una mano, pero no la tocó.
—Tienes razón.
Elena se quedó en silencio.
—Fui cobarde —continuó él—. Creí que protegerte era alejarte. Pensé que darte propiedades podía compensar no saber hablar contigo.
Respiró con dificultad.
—Y cuando dijiste que podías irte sin mirar atrás, entendí que algún día otro hombre podría conocer a la mujer que yo nunca me esforcé por conocer.
—Eso puede ser posesión.
—Al principio probablemente lo fue.
Adrián la miró directamente.
—Pero cuando dijiste que no querías continuar con el embarazo imaginé a una niña con tus ojos que jamás conocería. Y pensé en ti pasando por todo sola porque yo mismo te enseñé que no podías depender de mí.
Sacó una carpeta.
—La casa, las acciones y un fondo para nuestra hija están legalmente a tu nombre. Hagas lo que hagas.
Elena no tocó la carpeta.
—¿Quieres comprar mi perdón?
—No.
Adrián retrocedió.
—Quiero demostrarte que, por primera vez, la decisión será tuya.
