https://cuentos.dexexchanger.com/beneficios-del-romero-y-los-clavos/

Su tranquilidad pareció molestarle más que cualquier grito.

—No tienes que irte —respondió finalmente—. Mañana pondré esta casa a tu nombre.

Elena asintió.

—Está bien.

Durante 3 años de matrimonio había aprendido algo sobre Adrián: era incapaz de hablar de sentimientos, pero utilizaba el dinero para aliviar su culpa.

Y Elena tenía el corazón destrozado.

No la cabeza.

—Dormiré en la habitación de huéspedes —dijo—. Mañana tienes junta temprano.

Cuando pasó junto a él, Adrián la sujetó de la muñeca.

—Elena.

Ella se detuvo.

—¿Por qué no estás haciendo un escándalo?

Elena lo miró fijamente.

—Si lloro, te suplico y me niego a firmar, ¿vas a cambiar de opinión?

Adrián apretó la mandíbula.

No respondió.

—Entonces no serviría de nada.

Él la soltó lentamente.

—Recibirás todo lo que te corresponde.

Elena dejó que viera sus ojos húmedos.

—Confío en que cumplirás tu palabra.

A la mañana siguiente firmaron oficialmente el divorcio.

El nuevo convenio incluía un departamento en Polanco, acciones de Grupo Salvatierra, inversiones y una cantidad que garantizaba la independencia económica de Elena y de la bebé.

Al salir de la notaría, Adrián hizo algo que casi nunca había hecho durante su matrimonio.

Tomó su mano.

—Vamos a comer.

Elena la retiró con delicadeza.

—Ya no sería apropiado, señor Salvatierra.

Él frunció el ceño.

—No tenemos que convertirnos en extraños.

—Podemos ser padres responsables sin fingir que seguimos casados.