A la mañana siguiente, agentes federales entraron a las oficinas del Grupo Cárdenas. Pero mientras las cuentas eran congeladas, Adrián descubrió algo aún más grave: los 3 niños quizá tampoco eran hijos biológicos de Mauricio.
Y la única persona que conocía toda la verdad estaba preparando su fuga…
PARTE 3
La caída empezó antes del mediodía. Los noticieros mostraron camionetas oficiales afuera de las oficinas del Grupo Cárdenas en Santa Fe; horas después, los bancos suspendieron líneas de crédito, los principales clientes cancelaron contratos y el SAT aseguró archivos contables. Mauricio, acostumbrado a decidir quién entraba y quién salía de cada habitación, recibió una orden que le prohibía abandonar el país.
Valeria observó las noticias desde su departamento mientras Sofía coloreaba una flor amarilla. No sintió alegría. Sintió cansancio. Durante 10 años había amado a un hombre que no existía y había servido a una familia que confundía obediencia con cariño. Verlos caer no le devolvía el tiempo, pero al menos impedía que siguieran destruyendo vidas.
Adrián llegó esa misma tarde acompañado de Tomás Rivas, investigador privado.
—Lorena no es enfermera —dijo Tomás—. Su título es falso. Antes de conocer a Mauricio trabajó como intermediaria en una red clandestina de reproducción asistida.
Sobre la mesa colocó fotografías, recibos y expedientes de clínicas que operaban con identidades prestadas. Lorena conseguía donantes, falsificaba consentimientos y alteraba resultados. Había entrado a la casa como cuidadora de Beatriz porque sabía que la familia estaba obsesionada con tener herederos varones.
—¿Y los niños? —preguntó Valeria.
Tomás tardó unos segundos en responder.
—Las muestras que encontramos indican que ninguno comparte ADN con Mauricio. Lorena los registró como hijos suyos utilizando certificados manipulados y pruebas sustituidas. Los convirtió en una garantía para obtener dinero y asegurar un lugar dentro de la familia.
Valeria cerró los ojos. Recordó a Emiliano con neumonía, a Diego aferrado a su cuello durante una tormenta, a Mateo llamándola mamá antes de aprender a pronunciar bien su nombre. Durante años había creído que ellos eran la prueba de la infidelidad. Ahora comprendía que también eran víctimas.
—No tuvieron la culpa —murmuró.
—No —dijo Adrián—. Pero Lorena sí. Y también Mauricio, aunque no conociera ese engaño, porque participó en delitos financieros y permitió que te arrebataran tus derechos.
La noticia llegó pronto a la residencia de Lomas. Mauricio ordenó registrar la habitación de Lorena y encontró vacíos los cajones donde guardaba joyas y documentos. Ella había huido con una caja metálica que contenía contratos originales, sellos falsos y respaldos de la contabilidad doble.
Beatriz, al enterarse de que los 3 nietos que presumía no llevaban la sangre de los Cárdenas, perdió el control. Primero culpó a Lorena. Después culpó a Mauricio. Finalmente decidió que la verdadera enemiga era Valeria.
2 días más tarde, mientras Valeria compraba víveres en una tienda a media cuadra, alguien forzó la puerta del departamento. Cuando regresó, encontró la televisión encendida, un vaso roto y el oso de peluche de Sofía tirado en el suelo.
