—Elige a uno de los 3 niños y llévatelo; es lo único que vas a recibir después del divorcio —dijo Mauricio, como si estuviera repartiendo muebles viejos.
Valeria sostuvo los papeles con una mano y buscó con la otra los dedos helados de Sofía, su hija de 6 años. En la sala de aquella residencia de Lomas de Chapultepec, donde había pasado 10 años sirviendo y sonriendo cuando quería llorar, nadie parecía recordar que ella era una persona.
Emiliano, Diego y Mateo seguían jugando videojuegos, indiferentes. Valeria los había criado desde bebés. Había dormido en hospitales, preparado loncheras a las 5 de la mañana y soportado sus desplantes cuando Beatriz, la madre de Mauricio, les repetía que debía agradecer servirles.
Mauricio empujó la pluma hacia ella.
—Firma. La casa, las empresas y las cuentas están a mi nombre. Te vas con tu ropa y con uno de los varones. Deberías agradecerlo.
Valeria miró a los niños. Luego miró a Sofía, escondida detrás de una cortina, abrazando un oso de peluche. La pequeña había crecido escuchando que nacer mujer era una desgracia para la familia. Sus hermanos la encerraban, rompían sus dibujos y se burlaban de ella; Beatriz siempre respondía que “los hombres juegan así”.
Valeria se puso de pie.
