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El dinero que había aportado por encima de mi mitad superaba los $38,000 dólares.
También le mostré los mensajes del aeropuerto, las conversaciones posteriores y las notificaciones ignoradas.
Mi madre pasó varios minutos leyendo.
—No sabía que había sido tanto —murmuró.
—Mamá, estuve 5 horas esperando a Travis. Después tardó 10 días en descubrir que ya no vivía ahí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Le expliqué que solicitaría la terminación de la copropiedad mediante el procedimiento correspondiente.
—No quiero que elijas entre nosotros. Solo quiero que conozcas la verdad antes de escuchar su versión.
Por primera vez, no defendió a Travis.
Pocos días después, mi hermano recibió la demanda.
Me llamó 14 veces en 2 horas.
Dejó 3 mensajes.
En el último amenazó:
—¡Mamá se va a enterar de esto! ¡Ya verás cómo se pone!
Escuché la grabación y miré la carpeta cerrada sobre mi escritorio.
Travis todavía no sabía que mamá ya había visto cada recibo, cada mensaje y cada cifra.
Y que su amenaza favorita había dejado de funcionar.
Parte 3
Mi abogado me llamó la semana siguiente.
—Travis todavía no ha contestado formalmente la demanda ni contratado representación.
Me explicó las consecuencias de no responder dentro del plazo legal y los siguientes pasos que podíamos solicitar al juzgado.
Connor escuchó las novedades durante nuestra cena del viernes.
—Va a esperar hasta el último momento —pronosticó—. Después vendrá a pedirte que lo rescates.
Conocía perfectamente a mi hermano.
Y acertó.
Tres días antes del vencimiento del plazo para responder, recibí una llamada a las 9:45 de la noche.
—Ryan, tenemos que hablar.
Su voz sonaba extrañamente apagada.
—Ven a la casa.
—Podemos reunirnos en un lugar público. Hay una cafetería sobre avenida Constituyentes. Mañana a mediodía.
—¿No puedes venir aquí?
—Mañana. Mediodía.
Aceptó.
Llegué 10 minutos antes y pedí café.
Travis apareció a las 12:15.
Incluso para aquella conversación había llegado tarde.
Tenía el cabello descuidado, barba de varios días y una mancha en el cuello de la camisa.
Se sentó frente a mí y comenzó a doblar un sobrecito de azúcar entre los dedos.
—Mira, sé que lo del aeropuerto estuvo mal —dijo finalmente—. Pero no puedes vender la casa de papá. Ahí crecimos. Es nuestro hogar.
Tomé un sorbo de café.
—¿Por qué olvidaste recogerme?
Frunció el ceño.
—¿Otra vez con eso?
—Te lo recordé antes de viajar. Lo anotaste en el refrigerador. Te escribí aquella mañana y confirmaste. ¿Cómo pudiste olvidarlo?
Bajó la mirada.
—Britney quería ir a una reunión. Llegamos, empezamos a convivir y se me pasó. No lo hice a propósito.
Aquellas palabras explicaban exactamente lo que necesitaba entender.
—Ese es el problema, Travis. No necesitaste hacerlo a propósito. Simplemente no pensaste en mí.
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